miércoles, 11 de marzo de 2026
SOBRE CARLISTAS GIENNENSES (1900)
domingo, 14 de diciembre de 2025
DON JOSÉ ANTONIO TORAL
Nació el 22 de diciembre de 1761. Fue bautizado en la parroquia de San Mateo de Lucena, donde su padre, don Francisco Toral de Almarza, abogado ante los Reales Consejos, ejercía la vara de alcalde mayor. Como detalle muy del siglo XVIII, su padrino fue un teniente de Granaderos del Regimiento de Bujalance llamado don Antonio Polo y Valenzuela. Los Toral procedían de Úbeda. Lo sabemos gracias a los estudios de don Enrique Toral y Peñaranda, cofrade extranumerario de la Santa Capilla, y de don Ginés Torres Navarrete, a los que debemos estos datos biográficos y buena parte de los que siguen. Abrieron casa en Jaén en la primera mitad del siglo XVIII. Pertenecían a un medio social ya desaparecido, situado entre la vieja burguesía, formada por letrados y poseedores de oficios públicos, y la hidalguía. Algo no demasiado alejado de lo que los franceses llaman noblesse de robe. Los Toral constituyeron un linaje de hombres de leyes que mantuvo una sólida continuidad durante los siglos XVIII, XIX, XX y así, en su descendencia, hasta hoy. No debe extrañarnos, por tanto, que don José Antonio Toral estudiase Derecho en la Universidad de Granada y, una vez obtenido su título, aprobase los preceptivos exámenes en el Consejo de Castilla para ser recibido como abogado en los Reales Consejos. La abogacía era un camino que abría evidentes posibilidades de ascenso y promoción social. Don José Antonio Toral contrajo matrimonio el 25 de julio de 1792 con doña Juana Ramona Carrillo y Cobo de la Hoya, mujer de cuna hidalga, hija de don Diego Carrillo de Monroy, señor de Sancho Íñiguez. La ceremonia se ofició en la parroquia del Sagrario, en Jaén. Ingresó, junto a su hermano, don Francisco de Paula Toral, también abogado además de clérigo, en la Santa Capilla de San Andrés, institución en la que don José Antonio fue consiliario de elección desde noviembre de 1804 y diputado al año siguiente. Justo es recordar que don Francisco de Paula fue su gobernador entre 1817 y 1818.
Además de su profesión de abogado, José Antonio Toral fue procurador general y síndico del Concejo de Jaén. Eran oficios antiguos que habían sido revitalizados por la política reformista e ilustrada de Carlos III. Su cometido era velar por el bien de la ciudad y de sus vecinos. Conocemos, por un estudio de don José Antonio de Bonilla y Mir, un dictamen de su autoría relacionado con la concesión de las varas del Estado Noble de la Santa Hermandad. Zanjó una de esas polémicas que animaban la vida de nuestros antepasados en el Jaén del ya declinante Antiguo Régimen.
El 30 de julio de 1805, en su madurez, don José Antonio Toral fue nombrado abogado del Consejo. Había fallecido el anterior letrado, don Agustín Ximena, y se debía designar sucesor para tan relevante puesto. Se presentaron seis aspirantes entre los que se encontraban competidores anda desdeñables como don Juan Nepomuceno Lozano*. Presidía el Cabildo don Antonio María de Lomas, corregidor de Jaén al que mataron en confusas circunstancias, “a fusilazos” dijeron, en los primeros días de la Guerra de la Independencia. Don José Antonio Toral contó con el voto favorable de varios caballeros veinticuatro vinculados a la Santa Capilla o a la colación de San Andrés, como don Ramón de Torres Mondragón, don Gabriel de Ceballos, vizconde de Los Villares, don Agustin de Uribe y don Francisco de Torres Coello. Era escribano del Cabildo, don Bernardo Francisco de Charte. También estuvo presente en la elección, aunque se abstuvo en la votación por su notorio parentesco, el veinticuatro don Alonso Carrillo. Es de justicia reconocer que no iba mal patrocinado don José Antonio.
Tenía entonces cuarenta y cuatro años y se desplegaba ante él un panorama prometedor: una carrera consolidada, un entronque con la hidalguía de Jaén, un más que saneado patrimonio y la distinción que suponía ser hermano de la Santa Capilla de San Andrés, además de pertenecer a su Junta de Gobierno. Pero nada es para siempre y todo es mudable como una pavesa al viento. De manera que, unos meses después, el ocho de marzo de 1806, tocaban a difuntos por don José Antonio. Murió en su casa de la calle Pilar de la Imprenta. Su viuda, la hija del señor de Sancho Íñiguez, le sobrevivió muchos años y vivió allí hasta su muerte en 1851, cuando el mundo ya había cambiado para siempre.
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Ángel Aponte Marín, Publicado en Siempre, Boletín de la Santa Capilla de San Andrés, 4, abril de 2021.
jueves, 1 de febrero de 2024
DON MANUEL SAGRISTA Y NADAL
Desde su retrato conservado en San Andrés, camino de la Sala de Cabildos, don Manuel Sagrista y Nadal nos contempla desde la lejanía de su tiempo. Sedente, bien derecho, con el gesto serio y la mirada escrutadora del que sabe mucho de cuentas, negocios y política. Sostiene un papel en el que aparecen escritas las palabras “Por mi Dios, mi Rey y mi Patria”. De su condición de católico poco tenemos que decir pues más que probada está. De su filiación monárquica sí podemos matizar algunos detalles que consideramos de importancia. ¿A qué rey se refería don Manuel? , ¿a cuál rendía su fidelidad de buen vasallo?, ¿era quizás Fernando VII bajo cuyo reinado vivió su juventud?. No lo creemos. ¿ O era Don Carlos María Isidro?. Es evidente que, de acuerdo con lo escrito en dicha nota, debemos excluir a Isabel II.
Conocemos algunos datos de la biografía de don Manuel Sagrista y Nadal gracias a la semblanza publicada en Siempre, en el último trimestre de 1994. Nació en 1794 en Manresa, en una familia entre hidalga y burguesa. Pensamos que don Manuel tenía madera de tradicionalista, de gran reaccionario, tanto por su origen manresano, en cuya comarca eran muchos los que, cargados de agravios, querían coronar al infante Don Carlos María Isidro antes de la muerte de Fernando VII, como por su formación en Francia, todavía napoleónica o recién salida del Imperio, donde los realistas eran legión. No nos resulta, por tanto, extraño el lema que aparece en su retrato, ni que al llegar al poder don Baldomero Espartero en 1840, fuese perseguido y depurado por sus posiciones políticas. No fue la única ocasión en que don Manuel soportó la incierta situación de la cesantía. Estamos seguros que sus recursos y agencias le permitirían salir adelante, con mayor o menor soltura. Estaba, además, bien integrado en la burguesía giennense, por su matrimonio con doña Florentina de Bonilla y Salido, y contaba con buenas relaciones dentro y fuera de España gracias a su compañía, domiciliada en la calle Llana, número 13.
Don Manuel Sagrista estuvo por tanto situado entre el moderantismo más tradicionalista y el carlismo al que al final se adhirió. Fue apoderado de La España, que daba voz al duque de Riánsares, intrigante a más no poder y marido de Doña María Cristina, donde escribieron Donoso Cortés y nuestro Muñoz Garnica al que por fuerza conoció don Manuel. Además, a mediados de la década de los cuarenta, velaba en Jaén por los intereses de La Esperanza, periódico católico monárquico que con el tiempo se convertiría en uno de los principales órganos de expresión del legitimismo. Es posible que don Manuel se aferrase a la Causa, sin perjuicio de sus antecedentes familiares, por considerarla el último recurso frente a la revolución. No fue caso raro e infrecuente en el moderantismo más conservador. Más adelante, ya en 1870, y al borde del levantamiento armado de los carlistas, encontramos, como miembro de la Junta Católico Monárquica de Jaén, a don José Sagrista. Creemos que puede tratarse de su hijo.
En la semblanza publicada en nuestro boletín en 1994, consta que ingresó en la Santa Capilla en 1820. Fue miembro de su parentela, gobernador en 1854, 1857 y 1858 y administrador entre 1860 y 1864. Siempre será recordado, con toda justicia, por librar a la Santa Capilla de San Andrés de los rigores desamortizadores. Este proceso ha sido estudiado con todo rigor por doña María Amparo López Arandia. Don Manuel, hombre muy fogueado, de gran experiencia en cuestiones contables y administrativas, supo defender con sagacidad y razones los intereses de la Institución. En las negociaciones con la Administración, y en concreto en la reunión del 31 de enero de 1857, estuvo presente don Enrique Antonio Berro y Román, administrador de Hacienda Pública y destacado moderado que, años antes, compartió con Sagrista y Nadal las persecuciones esparteristas. Sería interesante conocer hasta qué punto pudo influir esta vieja relación -una más en la política isabelina en Jaén- en la decisión de dejar en paz a la Santa Capilla. Por cierto los dos, don Manuel y don Enrique, murieron en 1870. Un asunto mucho más serio que las intrigas y censantías padecidas. De las opiniones de don José Sagrista y Nadal respecto a los procesos desamortizadores nos ocuparemos, si Dios quiere, en otra ocasión.
(Ángel Aponte Marín, Siempre, Santa Capilla de San Andrés, núm. 5, junio de 2021)
jueves, 18 de enero de 2024
DON MATEO CANDALIJA
Era extremeño de nacimiento, de Llerena, y vino al mundo en el seno de una familia de clase media. Su padre era profesor de Filosofía. Vivió sus primeros años en la España heredera de nuestro gran siglo XVIII, tan desconocido como injustamente valorado. La meritocracia, ahora tan criticada y tan necesaria siempre, no era desconocida en la modesta burguesía española antes de la Revolución Francesa, de Napoleón y de las revoluciones liberales. Mateo Candalija encontró en los libros el camino para, como decían los antiguos, ser un hombre de provecho y carrera. Así, inició en fecha temprana sus estudios de Filosofía y Retórica y después, como tantos de su condición y saber, su formación como jurista en la Universidad de Granada. Con poco más de veinte años era ya Bachiller en Leyes y en Cánones. Estos títulos le permitieron, más adelante, ser recibido como abogado por la Real Chancillería de Granada. Estaba ya en Jaén en 1808. Miguel Ángel Chamocho Cantudo, al que debemos muchos datos aquí mencionados, afirma que posiblemente llegó junto a Antonio María de Lomas, aquel corregidor que tan desastrada muerte tuvo al principio de la Guerra de la Independencia.
Al producirse el levantamiento contra Napoleón, Mateo Candalija tomó partido por la causa de la Nación. Sus servicios fueron muchos y nunca, a pesar de las presiones y penurias que padeció, aceptó cargos o empleos del Intruso. En 1813, con la retirada de los franceses, volvió a Jaén y abrió casa en la calle Turronería. Allí vivió el resto de su vida. Estaba cerca de los treinta años y ya contaba con un buen nombre y cierto prestigio en la sociedad local. Su formación y sus méritos, como patriota y liberal, lo situaban en una buena posición para iniciar y consolidar una prometedora carrera. De acuerdo con lo anterior, fue nombrado oficial primero y abogado consultor del Ayuntamiento de Jaén. Con la vuelta del absolutismo, entre 1814 y 1820, sufrió persecuciones por razones políticas. Después, durante el Trienio Liberal fue alcalde constitucional de Jaén. En 1823 cambiaron otra vez las tornas y volvieron los tiempos de persecución y de silencio. Su nombre apareció, junto al de José María de Cuéllar - del que nos ocupamos en un anterior número de Siempre- en listas de liberales y de comuneros, como consta en las investigaciones de Marta Ruiz Jiménez. Figurar en tales relaciones en tiempos de despotismo no era cosa para tomarse a broma.
Con la muerte de Fernando VII muchos liberales recuperaron su presencia pública. También se atenuaron los viejos radicalismos y las pasiones políticas. Los furores jacobinos evolucionaron, en muchos casos, hacia un liberalismo más templado e incluso abiertamente moderado. Éste fue el caso de Mateo Candalija que vivió años de gran actividad y reconocimiento. Sólo haremos un bosquejo de su trayectoria en el Jaén isabelino. Así, en 1834, en plena epidemia de cólera, lo encontramos en la Junta de Sanidad, en la Junta de Instrucción Pública y de Beneficencia y también como gobernador de la Santa Capilla de San Andrés; en 1848 participó en la fundación del Colegio de Abogados de Jaén y en 1849 accedió por segunda vez, y durante un breve período no exento de polémicas, a la alcaldía de Jaén en sustitución de Juan Pedro Forcada; fue secretario de la Diputación Provincial de Jaén, consejero y vicepresidente del Consejo Provincial de Jaén, aportó donativos para los heridos y viudas de las víctimas de los sucesos de julio de 1854 y, en 1860 formó parte de una comisión enviada a Madrid y relacionada con la construcción del ferrocarril en la provincia de Jaén, todo esto unido a su ejercicio profesional como abogado. Fue una vida del XIX español. Murió en marzo de 1867.
Ángel Aponte Marín.
(Publicado en Siempre, Santa Capilla de San Andrés, núm.9, abril de 2022.)
jueves, 4 de enero de 2024
DON MAXIMIANO FERNÁNDEZ DEL RINCÓN
Nació en Jaén en 1835 dentro de una familia de clase media. Sus padres fueron don José Fernández del Rincón y Anguita, que había sido secretario de la Prefectura de Jaén en 1812 y afrancesado por convencimiento o fuerza mayor, y doña Gregoria de Soto Dávila. No le faltaban antecedentes linajudos, muy valiosos todavía pero que iban a menos en aquella España recién salida del absolutismo y cambiante a fuerza de revoluciones, sobresaltos y pronunciamientos. Así, don Maximiano tomó la meritoria senda del estudio para labrarse un porvenir y, tras pasar por las aulas del Instituto Virgen del Carmen, obtuvo el título de Bachiller en Filosofía. A los diecisiete años ingresó en el Seminario San Felipe Neri de Baeza del que, tiempo después, sería rector. En 1859 era ya presbítero y, a fuerza de ganar oposiciones, accedió al nombramiento de párroco del Sagrario de Baeza y después, en 1866, pasó a serlo del Sagrario de Jaén. Al año siguiente fue recibido en la Santa Capilla de San Andrés. En 1871 era lectoral de la Catedral de Granada en cuyo seminario impartió clases. Es evidente que don Maximiano tuvo una sólida formación pues fue licenciado y doctor en Sagrada Teología, bachiller en Derecho Canónico y profesor de Filosofía, Teología Dogmática y Moral, Hebreo, Oratoria Sacra, Sagradas Escrituras, Matemáticas, Lógica, Metafísica y Ética. Nada que ver con la imagen del clérigo cerril, esperpéntico e ignorante difundida por las publicaciones anticlericales de su tiempo y que, lamentablemente, hoy muchos dan por cierta contra todo rigor histórico. Fue, además, examinador sinodal de las diócesis de Granada, Tarragona, Córdoba y Pamplona y director del Seminario de Baeza.
Tantos títulos y dignidades no hicieron de él un hombre engolado y pedante sino que, así lo afirman los que lo conocieron, se caracterizó por su trato sencillo, nada ostentoso y de gran simpatía personal, algo que destacó la Reina Regente, Doña María Cristina de Habsburgo que no debió de ser persona fácilmente impresionable y que dijo de él: “no he conocido en mi vida un obispo más simpático, más ilustrado y más humilde”. Tampoco fue un hombre retraído y encerrado en sí mismo pues supo estar en el mundo y bien atento a las nuevas corrientes de su tiempo. Tuvo también aficiones poéticas y participó en la Corona poética esparterista con su composición “En felix restauración de la libertas” y en El romancero de Jaén, dedicado a Isabel II, con un romance caballeresco, medievalizante y tardorromántico, “Los doce leones de Úbeda”, que comenzaba “ Volaba de triunfo en triunfo, / Alonso rey de Castilla, / onceno ya de su nombre, / primero en glorias cumplidas.” También escribió libros religiosos con títulos como Permuta de Corazones, Desposorio del Alma y Escuela de humildad que nos recuerdan el mundo descrito por el Padre Coloma en Pequeñeces.
Prueba de su modernidad fue su interés por la prensa, un medio que consideraba de gran influencia social y de indudable utilidad para difundir los principios católicos. En su mocedad colaboró en cabeceras tan desenfadadas como El recreo de la juventud (1857), un semanario “literario científico” de vida muy efímera pues, como indica Checa Godoy, apenas se mantuvo durante dos o tres meses y donde publicó sus primeros poemas Bernardo López, de la misma generación que nuestro personaje aunque de vida más breve y trágica. Don Maximiano también colaboró en El Correo de la Loma (1855), fundó La Verdad Católica (1868) y La Fe Católica (1869) pero de su actividad política y sus preocupaciones sociales.
Don Maximiano Fernández del Rincón vivió en un tiempo en el que ser clérigo no era tarea fácil. Fueron años de incertidumbre y también de una intensa movilización católica. Se organizaron multitudinarios congresos católicos, entre 1889 y 1902, en Madrid, Zaragoza, Sevilla, Tarragona, Burgos y Santiago, se fundaron numerosas congregaciones de carácter asistencial y dedicadas a la enseñanza y, además, se potenció el asociacionismo obrero. Don Maximiano no fue ajeno a esta poderosa corriente. Consciente de la influencia de la prensa en la formación de la opinión y en su capacidad de movilización social, fundó durante el Sexenio Revolucionario, La Verdad católica, un periódico de signo tradicionalista y, por tanto, beligerante frente a los hombres de 1868 que no dudaron en encarcelar a su director, a su administrador y a su impresor. También colaboró en La fe católica, algo más templado en su línea editorial. Tuvo sinceras preocupaciones sociales e impulsó la formación de asociaciones obreras católicas en Baeza, Teruel y Guadix, contribuyó a la fundación de colegios, como los erigidos en Granada, Guadix y Baza, y apoyó, junto al también cofrade de la Santa Capilla, Muñoz Garnica, la instauración en Jaén de las Hermanitas de los Pobres como bien ha estudiado don Pedro Casañas Llagostera. Asimismo, denunció la extrema pobreza de los curas rurales, sujetos a las tiranías de caciques y alcaldes, y el desamparo de los campesinos y labradores como consta en una de sus intervenciones en el Senado. En otros aspectos era muy conservador e incluso reaccionario. Fue enemigo de la libertad de cultos pues temía la expansión del protestantismo en España, desconfiaba de la introducción de la gimnasia en los colegios, rechazó, con toda sensatez en este caso, la moda del espiritismo, hasta el punto de convertir en Granada a una familia completa que era dada a estas prácticas, y criticó la desmedida afición a medir cráneos, tan del gusto de algunos estudiosos de la época, como el doctor Olóriz.
Fue obispo de Teruel y administrador de Albarracín y, más adelante, obispo de Guadix. Su designación para el obispado de Teruel fue un acontecimiento en Jaén -se hizo una suscripción popular para regalarle un báculo y un pectoral de oro- y en Baeza, donde hubo grandes demostraciones de júbilo en su honor. Sabemos, gracias a don Manuel Caballero Venzalá y a don Rufino Almansa Tallante que fue a Teruel acompañado por el presbítero don Pedro José Garrido al que nombró mayordomo y secretario de Cámara y Gobierno.
Durante su estancia en Teruel, entre 1891 y 1894, fue víctima de las iras anticlericales. Estos incidentes, ocurridos en julio de 1893, estudiados por doña Flavia Paz y don Mariano J. Esteban, se produjeron cuando don Maximiano prohibió el repique de campanas y la participación del clero local en una procesión cívica que conmemoraba una victoria sobre los carlistas en 1874. Su decisión provocó un motín en el que los anticlericales amenazaron con quemar el Palacio Episcopal al tiempo que gritaban mueras e injurias contra don Maximiano, los clérigos y las monjas ante la pasividad del alcalde y del gobernador. Se decía que los concejales repartieron pitos entre los alborotadores para mayor escarnio y mofa. Esto era demasiado para un obispo del siglo XIX y, unos días después, ofendido y dolido, se trasladó e instaló en Albarracín para no volver más a Teruel. El asunto tuvo cierta importancia y se trató en el Consejo de Ministros y en las Cortes. Se llegó a plantear, incluso, la supresión del Obispado de Teruel aunque se evitó tal medida ante la indignación del vecindario que en su mayoría, todo sea dicho, lamentaba lo ocurrido. Don Maximiano, sitiado y hostigado, por fuerza tendría añoranzas de sus días de Jaén y Baeza. El arzobispado de Zaragoza aconsejó su traslado y en 1894 fue nombrado obispo de Guadix-Baza. Su actividad fue incansable y no exenta de contradicciones y polémicas. Recibió honores y reconocimientos y, además, fue senador del Reino. Murió en Guadix en 1907.
(Ángel Aponte Marín, publicado en Siempre, números 17 y 18, 2023, Santa Capilla de San Andrés, Jaén.)
miércoles, 15 de junio de 2022
JOSÉ MARÍA DE CUÉLLAR: AFRANCESADO Y LIBERAL.
Don José María de Cuéllar fue gobernador de la Santa Capilla de San Andrés durante un breve período, entre 1845 y 1846. Conocemos distintos aspectos de su vida gracias a las investigaciones de don Isidoro Lara Martín-Portugués, don Manuel López Pérez y don Miguel Moreno Jara. Nuestro personaje nació en Montilla en 1766. Vivió, como todos los de su generación, años muy turbulentos y recorrió caminos desafortunados y quizás no elegidos. Acabó sus estudios de Derecho, fue alcalde mayor en Castellón y después accedió al corregimiento de Toro, cargo que ejercía en mayo de 1808. Al iniciarse la guerra contra Napoleón, don José María se trasladó a Madrid para pasar después a Sevilla donde se puso a las órdenes de la Junta Central. Desde allí, volvió a su villa natal. A finales de 1809, los franceses, según declaró años después, lo obligaron a aceptar el cargo de corregidor de Montilla. Ya comprometido con la causa josefina, fue destinado a Jaén como miembro de la Junta Criminal de la que también formaron parte el conde de Cazalla y don Juan Nepomuceno Lozano. No era un puesto cualquiera el endosado a don José María pues obligaba a reprimir cualquier acto de resistencia o desafección hacia la ocupación francesa. Al terminar la guerra, don José María de Cuéllar fue acusado de afrancesado y sometido a los habituales procesos de purificación y demás inquisiciones. A pesar de todo, en esos años posteriores al final de la guerra, contó con cierto reconocimiento de las élites giennenses como lo prueba su condición de segundo secretario de la Real Sociedad Económica de Amigos del País que era, a fin de cuentas, un club formado por personajes de la nobleza local y de la burguesía de fuste. En honor a la verdad, no fue el único notable de la ciudad que había templado gaitas con los franceses para, según decían con razón o sin ella, atenuar los rigores de su ocupación militar.
La situación de don José María, a pesar de todo y durante mucho tiempo, no fue ni cómoda ni segura y tuvo que ver con buenos ojos el retorno de los constitucionales en 1820. Ya con los liberales en el poder, sentó plaza en la Sociedad Patriótica de Jaén, fue nombrado síndico por el Ayuntamiento y colaboró en la constitución de ayuntamientos constitucionales en la provincia. Fue entonces cuando solicitó a las Cortes su rehabilitación y que se pasase página respecto a su pasado pues, además, necesitaba allanar ciertos obstáculos para su ejercicio profesional. No acabaron aquí, sin embargo, sus enojos y achaques políticos ya que, con el retorno de los absolutistas en 1823, a su historial de viejo afrancesado se le añadió su conducta de liberal exaltado. Fue llamado a capítulo por los realistas airados que gobernaban el Cabildo municipal de Jaén y le pidieron cuentas de sus fervores liberales. Por don Isidoro Lara sabemos que don José María alegó que sus actuaciones siempre trataron de suavizar “la malignidad de sus individuos dirigida a perturbar y afligir con sus providencias a determinadas personas de honradez y buenos sentimientos de esta capital”. Respecto a la salida de Riego afirmó, con cierto exceso retórico, que “el dolor se convirtió en gozo, las lágrimas en placer, y vimos correr a las tropas de Riego y desalojar nuestro suelo perseguidas por franceses y españoles en diferentes direcciones; Jaén respiró entonces de su congoja y la dulce paz se restituyó a sus hogares”. Eran argumentos parecidos a los que debió de recurrir en 1814. En fin, como dejó escrito Galdós: “había que volver al redil, echar tierra a lo pasado y conducirse como si nada hubiese sucedido; hacer pedazos la nueva casaca, cuidando de esconder estos donde nadie los viese y meter el cuerpo en la antigua”. ¿Cómo valorar la trayectoria de don José María de Cuéllar?. Quizás fuese hombre ambicioso o que, sencillamente, no supiese decir que no. También es posible que tuviera una irrefrenable facilidad para comprometerse en aventuras políticas. Sus escritos demuestran una sincera preocupación por la educación popular y por el carácter regenerador de la cultura, todo dentro de la herencia ilustrada que afrancesados y liberales compartieron. Don José María de Cuéllar vivió discretamente sus últimos años. En noviembre de 1845 fue elegido para la honrosa tarea de ser gobernador de la Santa Capilla. Poco tiempo le concedió Dios para tal ejercicio pues murió el 13 de enero de 1846.
(Ángel Aponte Marín, publicado en Siempre, Santa Capilla de San Andrés, Jaén, 6, 2021.)
lunes, 20 de julio de 2020
MAESTRO DE AGUAS TURBIAS (1802)
jueves, 18 de octubre de 2018
PARTIDA CARLISTA EN RUS (1836)
lunes, 1 de octubre de 2018
SOBRE UNA PARTIDA CARLISTA EN FUERTE DEL REY (1836)
jueves, 4 de enero de 2018
LA DETENCIÓN DE UN REALISTA (1820)
En julio de 1820 fue apresado por orden del alcalde constitucional de Jaén “un sugeto sospechosísimo” tanto por las personas con las que pretendía contactar, supongo que partidarias declaradas del absolutismo, como por su extraña actitud y las contradicciones en las que incurrió al ser interrogado. Entre otras cosas denunció ser víctima de un robo que, según los liberales no ocurrió pues se le intervino “un brillante equipage, y en él vestidos de golilla y dinero”. La golilla era prenda o distintivo de ministro togado o de curial. Cuando el alcalde, don Mateo Candalija, examinaba unos papeles del presunto realista, éste se abalanzó para arrebatárselos y destruirlos. No tuvo éxito en la empresa de destruirlos. No hubo manera de obtener información del detenido.
sábado, 30 de diciembre de 2017
DESDE LA CAROLINA (1820)
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*Estas noticias están recogidas en un breve artículo publicado en Miscelánea de Comercio, Política y Literatura, 24 de noviembre de 1820.
sábado, 18 de febrero de 2017
LA PACÍFICA VIDA PROVINCIANA (1892)
domingo, 5 de febrero de 2017
EL CONDE DE LAS ALMENAS Y LOS MODERADOS HISTÓRICOS (1880)
domingo, 11 de diciembre de 2016
COFRADÍA DE ÁNIMAS DE SAN MIGUEL (1822)
lunes, 28 de noviembre de 2016
EJECUCIÓN EN LA CAROLINA (1863)
Uno de los tópicos más absurdos y carentes de veracidad es el del bandolerismo romántico y generoso. El siguiente suceso puede ilustrarnos al respecto. A inicios de noviembre de 1861 dos arrieros, padre e hijo, fueron asaltados en despoblado por una cuadrilla de ladrones en Las Juntas, término de Vilches. Llevaban una carga de trigo valorada en unos treinta duros. Los condujeron a Vilches, donde escondieron lo robado en la casa de un carpintero que se unió al grupo. Desde allí condujeron a los pobres trajinantes, con los ojos vendados, en una noche de viento y aguas furiosas, a las cercanías de Linares. Sin piedad alguna los asesinaron arrojándolos al pozo de una mina abandonada. La víctima más joven tenía apenas catorce años. Por desgracia estos casos no eran infrecuentes. La Guardia Civil, el telégrafo y el ferrocarril acabarían con ellos pero no fue fácil tarea ni careció de peligros. La Justicia capturó a los criminales, no sé si a todos. El 16 de diciembre de 1863 le dieron garrote en La Carolina a Juan Mantecón Poveda, considerado autor de los hechos. Presenciaron su muerte tres de sus cómplices, de los que desconozco su destino final, y el vecindario de dicha población. Hacía, al parecer, mucho tiempo que no se ejecutaban penas de muerte en La Carolina.
miércoles, 6 de abril de 2016
LOS BIENES DE LAS ÁNIMAS (1822)
En otras ocasiones he escrito sobre la devoción a las Ánimas, tan popular y relevante en la tradición católica y de orígenes antiquísimos. La actividad de las cofradías de Ánimas dedicadas a rezar y a redimir almas en pena fue general en la España de pasados siglos. Estas sociedades piadosas se mantenían, con desigual desahogo, Con limosnas, recogidas por los cofrades con abnegada puntualidad, y con las rentas de las fincas legadas por los fieles en sus testamentos, además de otras mandas piadosas. El caso de la cofradía de Ánimas de Vilches es bien conocido por el autor de estas líneas y estudié su pasado con documentación del archivo de la parroquia de San Miguel de dicha villa, en apacibles horas de silencio que recuerdo no sin reverencia.
En las siguientes líneas menciono los bienes raíces de la cofradía de Ánimas ubicada en la iglesia de San Ildefonso de Jaén en 1822. En dicho templo se conserva un imponente retablo dedicado a las ánimas del Purgatorio sobre el que ya trató don Rafael Ortega y Sagrista. Es de mediados del XVIII pero nadie busque resabios ilustrados en sus atormentadas imágenes. Es pura religiosidad barroca. Dejemos, sin embargo, para mejor ocasión esta meritoria obra de arte y centrémonos en los bienes de la mencionada cofradía. Al igual que en el caso de los Trinitarios Calzados, eran fincas que iban a ser desamortizadas. Comencemos por conocer las casas de la cofradía, situadas en calles muy honradas de la colación de San Ildefonso:
Una casa en la calle Tosquilla, tasada en 6.173 reales con una renta anual estimada en 246 reales.
Una casa en la calle de las Bernardas, tasada en 7.339 reales, rentaba anualmente 293 reales.
Una casa en la calle de las Bernardas, valorada en 3.983 reales, con una renta anual estimada en 159 reales.
Una casa en la calle de Olid, tasada en 2.470 reales que rentaba 98 reales cada año.
No dejaba de tener, en verdad, cierta importancia la posibilidad de vivir en una casa cuyo alquiler, imagino que puntualmente pagado, estaba destinado a sufragar misas por las almas en pena. Era de esperar que los morosos e inquilinos informales durmiesen con todo desasosiego esperando reproches, lamentos nocturnos y aterradoras apariciones de unas ánimas convertidas en acreedoras y condenadas a pasar muchos años más en el Purgatorio por falta de sufragios. Esto sin contar las seguras aprensiones de los más curtidos liberales y de los compradores de tales bienes. Era cosa seria lo de jugar y especular con los bienes de las almas en pena.
Respecto a las propiedades rústicas puedo decir que se limitaban a un olivar en Molinillo Alto, en la jurisdicción de Jaén, de una fanega y de tercera categoría, que estaba valorado en 1.260 reales y rentaba 38 reales. A esta finca se unía una haza en Las Paradejas, de tres fanegas y cuatro celemines, cuyo valor estimado era de 500 reales y rentaba sólo 15 reales al año. Las casas constituían los bienes más rentables y de mayor valor. La Cofradía obtenía cada año 796 reales procedentes de sus arrendamientos. Las rentas del campo sólo ascendían a 53 reales anuales.
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*La relación de bienes inmuebles en Crédito Público, 16-9-1822. La fotografía en el artículo de don Rafael Ortega y Sagrista que se enlaza en la entrada.
miércoles, 16 de marzo de 2016
MEDIDAS DESAMORTIZADORAS Y TRINITARIOS CALZADOS (1822)
domingo, 28 de febrero de 2016
JORNALES Y VÍVERES EN JAÉN (1819)
lunes, 15 de febrero de 2016
BANDIDOS FUSILADOS EN EL CASTILLO DE SANTA CATALINA (1833)
sábado, 6 de febrero de 2016
DOS CABALLOS DE LOS CONDES DE LAS ALMENAS
ALONSO DE VALENZUELA
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