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miércoles, 11 de marzo de 2026

SOBRE CARLISTAS GIENNENSES (1900)

A inicios de noviembre de 1900, dentro de una tentativa de insurrección carlista en distintos lugares de España, se levantó en Linares una partida de leales a la Causa y de aventureros, algunos de ellos excombatientes de Cuba y Filipinas. Escribo sobre este episodio en Retablo de la Vida Antigua.

domingo, 14 de diciembre de 2025

DON JOSÉ ANTONIO TORAL

Nació el 22 de diciembre de 1761. Fue bautizado en la parroquia de San Mateo de Lucena, donde su padre, don Francisco Toral de Almarza, abogado ante los Reales Consejos, ejercía la vara de alcalde mayor. Como detalle muy del siglo XVIII, su padrino fue un teniente de Granaderos del Regimiento de Bujalance llamado don Antonio Polo y Valenzuela. Los Toral procedían de Úbeda. Lo sabemos gracias a los estudios de don Enrique Toral y Peñaranda, cofrade extranumerario de la Santa Capilla, y de don Ginés Torres Navarrete, a los que debemos estos datos biográficos y buena parte de los que siguen. Abrieron casa en Jaén en la primera mitad del siglo XVIII. Pertenecían a un medio social ya desaparecido, situado entre la vieja burguesía, formada por letrados y poseedores de oficios públicos, y la hidalguía. Algo no demasiado alejado de lo que los franceses llaman noblesse de robe. Los Toral constituyeron un linaje de hombres de leyes que mantuvo una sólida continuidad durante los siglos XVIII, XIX, XX y así, en su descendencia, hasta hoy. No debe extrañarnos, por tanto, que don José Antonio Toral estudiase Derecho en la Universidad de Granada y, una vez obtenido su título, aprobase los preceptivos exámenes en el Consejo de Castilla para ser recibido como abogado en los Reales Consejos. La abogacía era un camino que abría evidentes posibilidades de ascenso y promoción social. Don José Antonio Toral contrajo matrimonio el 25 de julio de 1792 con doña Juana Ramona Carrillo y Cobo de la Hoya, mujer de cuna hidalga, hija de don Diego Carrillo de Monroy, señor de Sancho Íñiguez. La ceremonia se ofició en la parroquia del Sagrario, en Jaén. Ingresó, junto a su hermano, don Francisco de Paula Toral, también abogado además de clérigo, en la Santa Capilla de San Andrés, institución en la que don José Antonio fue consiliario de elección desde noviembre de 1804 y diputado al año siguiente. Justo es recordar que don Francisco de Paula fue su gobernador entre 1817 y 1818.

Además de su profesión de abogado, José Antonio Toral fue procurador general y síndico del Concejo de Jaén. Eran oficios antiguos que habían sido revitalizados por la política reformista e ilustrada de Carlos III. Su cometido era velar por el bien de la ciudad y de sus vecinos. Conocemos, por un estudio de don José Antonio de Bonilla y Mir, un dictamen de su autoría relacionado con la concesión de las varas del Estado Noble de la Santa Hermandad. Zanjó una de esas polémicas que animaban la vida de nuestros antepasados en el Jaén del ya declinante Antiguo Régimen.

El 30 de julio de 1805, en su madurez, don José Antonio Toral fue nombrado abogado del Consejo. Había fallecido el anterior letrado, don Agustín Ximena, y se debía designar sucesor para tan relevante puesto. Se presentaron seis aspirantes entre los que se encontraban competidores anda desdeñables como don Juan Nepomuceno Lozano*. Presidía el Cabildo don Antonio María de Lomas, corregidor de Jaén al que mataron en confusas circunstancias, “a fusilazos” dijeron, en los primeros días de la Guerra de la Independencia. Don José Antonio Toral contó con el voto favorable de varios caballeros veinticuatro vinculados a la Santa Capilla o a la colación de San Andrés, como don Ramón de Torres Mondragón, don Gabriel de Ceballos, vizconde de Los Villares, don Agustin de Uribe y don Francisco de Torres Coello. Era escribano del Cabildo, don Bernardo Francisco de Charte.  También estuvo presente en la elección, aunque se abstuvo en la votación por su notorio parentesco, el veinticuatro don Alonso Carrillo. Es de justicia reconocer que no iba mal patrocinado don José Antonio.

Tenía entonces cuarenta y cuatro años y se desplegaba ante él un panorama prometedor: una carrera consolidada, un entronque con la hidalguía de Jaén, un más que saneado patrimonio y la distinción que suponía ser hermano de la Santa Capilla de San Andrés, además de pertenecer a su Junta de Gobierno. Pero nada es para siempre y todo es mudable como una pavesa al viento. De manera que, unos meses después, el ocho de marzo de 1806, tocaban a difuntos por don José Antonio. Murió en su casa de la calle Pilar de la Imprenta. Su viuda, la hija del señor de Sancho Íñiguez, le sobrevivió muchos años y vivió allí hasta su muerte en 1851, cuando el mundo ya había cambiado para siempre.

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Ángel Aponte Marín, Publicado en Siempre, Boletín de la Santa Capilla de San Andrés, 4, abril de 2021.




jueves, 1 de febrero de 2024

DON MANUEL SAGRISTA Y NADAL



Desde su retrato conservado en San Andrés, camino de la Sala de Cabildos, don Manuel Sagrista y Nadal nos contempla desde la lejanía de su tiempo. Sedente, bien derecho, con el gesto serio y la mirada escrutadora del que sabe mucho de cuentas, negocios y política. Sostiene un papel en el que aparecen escritas las palabras “Por mi Dios, mi Rey y mi Patria”. De su condición de católico poco tenemos que decir pues más que probada está. De su filiación monárquica sí podemos matizar algunos detalles que consideramos de importancia. ¿A qué rey se refería don Manuel? , ¿a cuál rendía su fidelidad de buen vasallo?, ¿era quizás Fernando VII bajo cuyo reinado vivió su juventud?. No lo creemos. ¿ O era Don Carlos María Isidro?. Es evidente que, de acuerdo con lo escrito en dicha nota, debemos excluir a Isabel II.

Conocemos algunos datos de la biografía de don Manuel Sagrista y Nadal gracias a la semblanza publicada en Siempre, en el último trimestre de 1994. Nació en 1794 en Manresa, en una familia entre hidalga y burguesa. Pensamos que don Manuel tenía madera de tradicionalista, de gran reaccionario, tanto por su origen manresano, en cuya comarca eran muchos los que, cargados de agravios, querían coronar al infante Don Carlos María Isidro antes de la muerte de Fernando VII, como por su formación en Francia, todavía napoleónica o recién salida del Imperio, donde los realistas eran legión. No nos resulta, por tanto, extraño el lema que aparece en su retrato, ni que al llegar al poder don Baldomero Espartero en 1840, fuese perseguido y depurado por sus posiciones políticas. No fue la única ocasión en que don Manuel soportó la incierta situación de la cesantía. Estamos seguros que sus recursos y agencias le permitirían salir adelante, con mayor o menor soltura. Estaba, además, bien integrado en la burguesía giennense, por su matrimonio con doña Florentina de Bonilla y Salido, y contaba con buenas relaciones dentro y fuera de España gracias a su compañía, domiciliada en la calle Llana, número 13.

Don Manuel Sagrista estuvo por tanto situado entre el moderantismo más tradicionalista y el carlismo al que al final se adhirió. Fue apoderado de La España, que daba voz al duque de Riánsares, intrigante a más no poder y marido de Doña María Cristina, donde escribieron Donoso Cortés y nuestro Muñoz Garnica al que por fuerza conoció don Manuel.  Además, a mediados de la década de los cuarenta, velaba en Jaén por los intereses de La Esperanza, periódico católico monárquico que con el tiempo se convertiría en uno de los principales órganos de expresión del legitimismo. Es posible que don Manuel se aferrase a la Causa, sin perjuicio de sus antecedentes familiares, por considerarla el último recurso frente a la revolución. No fue caso raro e infrecuente en el moderantismo más conservador. Más adelante, ya en 1870, y al borde del levantamiento armado de los carlistas, encontramos, como miembro de la Junta Católico Monárquica de Jaén, a don José Sagrista. Creemos que puede tratarse de su hijo.

En la semblanza publicada en nuestro boletín en 1994,  consta que ingresó en la Santa Capilla en 1820. Fue miembro de su parentela,  gobernador en 1854, 1857 y 1858 y administrador entre 1860 y 1864. Siempre será recordado, con toda justicia, por librar a la Santa Capilla de San Andrés de los rigores desamortizadores. Este proceso ha sido estudiado con todo rigor por doña María Amparo López Arandia. Don Manuel, hombre muy fogueado, de gran experiencia en cuestiones contables y administrativas, supo defender con sagacidad y razones los intereses de la Institución. En las negociaciones con la Administración, y en concreto en la reunión del 31 de enero de 1857, estuvo presente don Enrique Antonio Berro y Román, administrador de Hacienda Pública y destacado moderado que, años antes, compartió con Sagrista y Nadal las persecuciones esparteristas. Sería interesante conocer hasta qué punto pudo influir esta vieja relación -una más en la política isabelina en Jaén- en la decisión de dejar en paz a la Santa Capilla. Por cierto los dos, don Manuel y don Enrique, murieron en 1870. Un asunto mucho más serio que las intrigas y censantías padecidas. De las opiniones de don José Sagrista y Nadal respecto a los procesos desamortizadores nos ocuparemos, si Dios quiere, en otra ocasión.

(Ángel Aponte Marín, Siempre, Santa Capilla de San Andrés, núm. 5, junio de 2021)


jueves, 18 de enero de 2024

DON MATEO CANDALIJA

Era extremeño de nacimiento, de Llerena, y vino al mundo en el seno de una familia de clase media. Su padre era profesor de Filosofía. Vivió sus primeros años en la España heredera de nuestro gran siglo XVIII, tan desconocido como injustamente valorado. La meritocracia, ahora tan criticada y tan necesaria siempre, no era desconocida en la modesta burguesía española antes de la Revolución Francesa, de Napoleón y de las revoluciones liberales.  Mateo Candalija encontró en los libros el camino para, como decían los antiguos, ser un hombre de provecho y carrera. Así, inició en fecha temprana sus estudios de Filosofía y Retórica y después, como tantos de su condición y saber, su formación como jurista en la Universidad de Granada. Con poco más de veinte años era ya Bachiller en Leyes y en Cánones. Estos títulos le permitieron, más adelante, ser recibido como abogado por la Real Chancillería de Granada. Estaba ya en Jaén en 1808. Miguel Ángel Chamocho Cantudo, al que debemos muchos datos aquí mencionados, afirma que posiblemente llegó junto a Antonio María de Lomas, aquel corregidor que tan desastrada muerte tuvo al principio de la Guerra de la Independencia. 

Al producirse el levantamiento contra Napoleón, Mateo Candalija tomó partido por la causa de la Nación. Sus servicios fueron muchos y nunca, a pesar de las presiones y penurias que padeció, aceptó cargos o empleos del Intruso. En 1813, con la retirada de los franceses, volvió a Jaén y abrió casa en la calle Turronería. Allí vivió el resto de su vida. Estaba cerca de los treinta años y ya contaba con un buen nombre y cierto prestigio en la sociedad local. Su formación y sus méritos, como patriota y liberal, lo situaban en una buena posición para iniciar y consolidar una prometedora carrera. De acuerdo con lo anterior, fue nombrado oficial primero y abogado consultor del Ayuntamiento de Jaén. Con la vuelta del absolutismo, entre 1814 y 1820, sufrió persecuciones por razones políticas. Después, durante el Trienio Liberal fue alcalde constitucional de Jaén. En 1823 cambiaron otra vez las tornas y volvieron los tiempos de persecución y de silencio. Su nombre apareció, junto al de José María de Cuéllar - del que nos ocupamos en un anterior número de Siempre- en listas de liberales y de comuneros, como consta en las investigaciones de Marta Ruiz Jiménez. Figurar en tales relaciones en tiempos de despotismo no era cosa para tomarse a broma. 

Con la muerte de Fernando VII muchos liberales recuperaron su presencia pública. También se atenuaron los viejos radicalismos y las pasiones políticas. Los furores jacobinos evolucionaron, en muchos casos, hacia un liberalismo más templado e incluso abiertamente moderado. Éste fue el caso de Mateo Candalija que vivió años de gran actividad y reconocimiento. Sólo haremos un bosquejo  de su trayectoria en el Jaén isabelino. Así, en 1834, en plena epidemia de cólera, lo encontramos en la Junta de Sanidad, en la Junta de Instrucción Pública y de Beneficencia y también como gobernador de la Santa Capilla de San Andrés; en 1848 participó en la fundación del Colegio de Abogados de Jaén y en 1849 accedió por segunda vez, y durante un breve período no exento de polémicas, a la alcaldía de Jaén en sustitución de Juan Pedro Forcada;  fue secretario de la Diputación Provincial de Jaén, consejero y vicepresidente del Consejo Provincial de Jaén, aportó donativos para los heridos y viudas de las víctimas de los sucesos de julio de 1854 y, en 1860 formó parte de una comisión enviada a Madrid y relacionada con la construcción del ferrocarril en la provincia de Jaén, todo esto unido a su ejercicio profesional como abogado. Fue una vida del XIX español. Murió en marzo de 1867. 

Ángel Aponte Marín.

(Publicado en Siempre, Santa Capilla de San Andrés, núm.9, abril de 2022.)


jueves, 4 de enero de 2024

DON MAXIMIANO FERNÁNDEZ DEL RINCÓN

Nació en Jaén en 1835 dentro de una familia de clase media. Sus padres fueron don José Fernández del Rincón y Anguita, que había sido secretario de la Prefectura de Jaén en 1812 y afrancesado por convencimiento o fuerza mayor, y doña Gregoria de Soto Dávila. No le faltaban antecedentes linajudos, muy valiosos todavía pero que iban a menos en aquella España recién salida del absolutismo y cambiante a fuerza de revoluciones, sobresaltos y pronunciamientos. Así, don Maximiano tomó la meritoria senda del estudio para labrarse un porvenir y, tras pasar por las aulas del Instituto Virgen del Carmen, obtuvo el título de Bachiller en Filosofía. A los diecisiete años ingresó en el Seminario San Felipe Neri de Baeza del que, tiempo después, sería rector. En 1859 era ya presbítero y, a fuerza de ganar oposiciones, accedió al nombramiento de párroco del Sagrario de Baeza y después, en 1866, pasó a serlo del Sagrario de Jaén. Al año siguiente fue recibido en la Santa Capilla de San Andrés. En 1871 era lectoral de la Catedral de Granada en cuyo seminario impartió clases. Es evidente que don Maximiano tuvo una sólida formación pues fue licenciado y doctor en Sagrada Teología, bachiller en Derecho Canónico y profesor de Filosofía, Teología Dogmática y Moral, Hebreo, Oratoria Sacra, Sagradas Escrituras, Matemáticas, Lógica, Metafísica y Ética. Nada que ver con la imagen del clérigo cerril, esperpéntico e ignorante difundida por las publicaciones anticlericales de su tiempo y que, lamentablemente, hoy muchos dan por cierta contra todo rigor histórico. Fue, además, examinador sinodal de las diócesis de Granada, Tarragona, Córdoba y Pamplona y director del Seminario de Baeza. 

Tantos títulos y dignidades no hicieron de él un hombre engolado y pedante sino que, así lo afirman los que lo conocieron, se caracterizó por su trato sencillo, nada ostentoso y de gran simpatía personal, algo que destacó la Reina Regente, Doña María Cristina de Habsburgo que no debió de ser persona fácilmente impresionable y que dijo de él: “no he conocido en mi vida un obispo más simpático, más ilustrado y más humilde”. Tampoco fue un hombre retraído y encerrado en sí mismo pues supo estar en el mundo y bien atento a las nuevas corrientes de su tiempo. Tuvo también aficiones poéticas y participó en la Corona poética esparterista con su composición “En felix restauración de la libertas”  y en El romancero de Jaén, dedicado a Isabel II, con un romance caballeresco, medievalizante y tardorromántico, “Los doce leones de Úbeda”, que comenzaba “ Volaba de triunfo en triunfo, / Alonso rey de Castilla, / onceno ya de su nombre, / primero en glorias cumplidas.” También escribió libros religiosos con títulos como Permuta de Corazones, Desposorio del Alma y Escuela de humildad que nos recuerdan el mundo descrito por el Padre Coloma en Pequeñeces.

Prueba de su modernidad fue su interés por la prensa, un medio que consideraba de gran influencia social y de indudable utilidad para difundir los principios católicos. En su mocedad colaboró en cabeceras tan desenfadadas como El recreo de la juventud (1857), un semanario “literario científico” de vida muy efímera pues, como indica Checa Godoy, apenas se mantuvo durante dos o tres meses y donde publicó sus primeros poemas Bernardo López, de la misma generación que nuestro personaje aunque de vida más breve y trágica. Don Maximiano también colaboró en El Correo de la Loma (1855), fundó La Verdad Católica (1868)  y La Fe Católica (1869) pero de su actividad política y sus preocupaciones sociales.

Don Maximiano Fernández del Rincón vivió en un tiempo en el que ser clérigo no era tarea fácil. Fueron años de incertidumbre y también de una intensa movilización católica. Se organizaron multitudinarios congresos católicos, entre 1889 y 1902, en Madrid, Zaragoza, Sevilla, Tarragona, Burgos y Santiago, se fundaron numerosas congregaciones de carácter asistencial y dedicadas a la enseñanza y, además, se potenció el asociacionismo obrero. Don Maximiano no fue ajeno a esta poderosa corriente. Consciente de la influencia de la prensa en la formación de la opinión y en su capacidad de movilización social, fundó durante el Sexenio Revolucionario, La Verdad católica, un periódico de signo tradicionalista y, por tanto, beligerante frente a los hombres de 1868 que no dudaron en encarcelar a su director, a su administrador y a su impresor. También colaboró en La fe católica, algo más templado en su línea editorial. Tuvo sinceras preocupaciones sociales e impulsó la formación de asociaciones obreras católicas en Baeza, Teruel y Guadix, contribuyó a la fundación de colegios, como los erigidos en Granada, Guadix y Baza, y apoyó, junto al también cofrade de la Santa Capilla, Muñoz Garnica, la instauración en Jaén de las Hermanitas de los Pobres como bien ha estudiado don Pedro Casañas Llagostera. Asimismo, denunció la extrema pobreza de los curas rurales, sujetos a las tiranías de caciques y alcaldes, y el desamparo de los campesinos y labradores como consta en una de sus intervenciones en el Senado. En otros aspectos era muy conservador e incluso reaccionario. Fue enemigo de la libertad de cultos pues temía la expansión del protestantismo en España, desconfiaba de la introducción de la gimnasia en los colegios, rechazó, con toda sensatez en este caso, la moda del espiritismo, hasta el punto de convertir en Granada a una familia completa que era dada a estas prácticas, y criticó la desmedida afición a medir cráneos, tan del gusto de algunos estudiosos de la época, como el doctor Olóriz. 

Fue obispo de Teruel y administrador de Albarracín y, más adelante, obispo de Guadix. Su designación para el obispado de Teruel fue un acontecimiento en Jaén -se hizo una suscripción popular para regalarle un báculo y un pectoral de oro- y en Baeza, donde hubo grandes demostraciones de júbilo en su honor. Sabemos, gracias a don Manuel Caballero Venzalá y a don Rufino Almansa Tallante que fue a Teruel acompañado por el presbítero don Pedro José Garrido al que nombró mayordomo y secretario de Cámara y Gobierno.

Durante su estancia en Teruel, entre 1891 y 1894, fue víctima de las iras anticlericales. Estos incidentes, ocurridos en julio de 1893, estudiados por doña Flavia Paz y don Mariano J. Esteban, se produjeron cuando don Maximiano prohibió el repique de campanas y la participación del clero local en una procesión cívica que conmemoraba una victoria sobre los carlistas en 1874. Su decisión provocó un motín en el que los anticlericales amenazaron con quemar el Palacio Episcopal al tiempo que gritaban mueras e injurias contra don Maximiano, los clérigos y las monjas ante la pasividad del alcalde y del gobernador. Se decía que los concejales repartieron pitos entre los alborotadores para mayor escarnio y mofa. Esto era demasiado para un obispo del siglo XIX  y, unos días después, ofendido y dolido, se trasladó e instaló en Albarracín para no volver más a Teruel. El asunto tuvo cierta importancia y se trató en el Consejo de Ministros y en las Cortes. Se llegó a plantear, incluso, la supresión del Obispado de Teruel aunque se evitó tal medida ante la indignación del vecindario que en su mayoría, todo sea dicho, lamentaba lo ocurrido. Don Maximiano, sitiado y hostigado, por fuerza tendría añoranzas de sus días de Jaén y Baeza. El arzobispado de Zaragoza aconsejó su traslado y en 1894 fue nombrado obispo de Guadix-Baza. Su actividad fue incansable y no exenta de contradicciones y polémicas. Recibió honores y reconocimientos y, además, fue senador del Reino. Murió en Guadix en 1907.


(Ángel Aponte Marín, publicado en Siempre,  números 17 y 18, 2023Santa Capilla de San Andrés, Jaén.)



miércoles, 15 de junio de 2022

JOSÉ MARÍA DE CUÉLLAR: AFRANCESADO Y LIBERAL.

 Don José María de Cuéllar fue gobernador de la Santa Capilla de San Andrés durante un breve período, entre 1845 y 1846. Conocemos distintos aspectos de su vida gracias a las investigaciones de don Isidoro Lara Martín-Portugués, don Manuel López Pérez y don Miguel Moreno Jara. Nuestro personaje nació en Montilla en 1766. Vivió, como todos los de su generación, años muy turbulentos y recorrió caminos desafortunados y quizás no elegidos. Acabó sus estudios de Derecho, fue alcalde mayor en Castellón y después accedió al corregimiento de Toro, cargo que ejercía en mayo de 1808. Al iniciarse la guerra contra Napoleón, don José María se trasladó a Madrid para pasar después a Sevilla donde se puso a las órdenes de la Junta Central. Desde allí, volvió a su villa natal. A finales de  1809, los franceses, según declaró años después, lo obligaron a aceptar el cargo de corregidor de Montilla. Ya comprometido con la causa josefina, fue destinado a Jaén como miembro de la Junta Criminal de la que también formaron parte el conde de Cazalla y don Juan Nepomuceno Lozano. No era un puesto cualquiera el endosado a don José María pues obligaba a reprimir cualquier acto de resistencia o desafección hacia la ocupación francesa. Al terminar la guerra, don José María de Cuéllar fue acusado de afrancesado y sometido a los habituales procesos de purificación y demás inquisiciones. A pesar de todo, en esos años posteriores al final de la guerra, contó con cierto reconocimiento de las élites giennenses como lo prueba su condición de segundo secretario de la Real Sociedad Económica de Amigos del País que era, a fin de cuentas, un club formado por personajes de la nobleza local y de la burguesía de fuste. En honor a la verdad, no fue el único notable de la ciudad que había templado gaitas con los franceses para, según decían con razón o sin ella, atenuar los rigores de su ocupación militar. 


La situación de don José María, a pesar de todo y durante mucho tiempo, no fue ni cómoda ni segura y tuvo que ver con buenos ojos el retorno de los constitucionales en 1820. Ya con los liberales en el poder, sentó plaza en la Sociedad Patriótica de Jaén, fue nombrado síndico por el Ayuntamiento y colaboró en la constitución de ayuntamientos constitucionales en la provincia. Fue entonces cuando solicitó a las Cortes su rehabilitación y que se pasase página respecto a su pasado pues, además, necesitaba allanar ciertos obstáculos para su ejercicio profesional. No acabaron aquí, sin embargo, sus enojos y achaques políticos ya que, con el retorno de los absolutistas en 1823, a su historial de viejo afrancesado se le añadió su conducta de liberal exaltado. Fue llamado a capítulo por los realistas airados que gobernaban el Cabildo municipal de Jaén y le pidieron cuentas de sus fervores liberales. Por don Isidoro Lara sabemos que don José María alegó que sus actuaciones siempre trataron de suavizar “la malignidad de sus individuos dirigida a perturbar y afligir con sus providencias a determinadas personas de honradez y buenos sentimientos de esta capital”. Respecto a la salida de Riego afirmó, con cierto exceso retórico,  que “el dolor se convirtió en gozo, las lágrimas en placer, y vimos correr a las tropas de Riego y desalojar nuestro suelo perseguidas por franceses y españoles en diferentes direcciones; Jaén respiró entonces de su congoja y la dulce paz se restituyó a sus hogares”. Eran argumentos parecidos a los que debió de recurrir en 1814. En fin, como dejó escrito Galdós: “había que volver al redil, echar tierra a lo pasado y conducirse como si nada hubiese sucedido; hacer pedazos la nueva casaca, cuidando de esconder estos donde nadie los viese y meter el cuerpo en la antigua”. ¿Cómo valorar la trayectoria de don José María de Cuéllar?. Quizás fuese hombre ambicioso o que, sencillamente, no supiese decir que no. También es posible que tuviera una irrefrenable facilidad para comprometerse en aventuras políticas. Sus escritos demuestran una sincera preocupación por la educación popular y por el carácter regenerador de la cultura, todo dentro de la herencia ilustrada que afrancesados y liberales compartieron. Don José María de Cuéllar vivió discretamente sus últimos años. En noviembre de 1845 fue elegido para la honrosa tarea de ser  gobernador de la Santa Capilla. Poco tiempo le concedió Dios para tal ejercicio pues murió el 13 de enero de 1846.


(Ángel Aponte Marín, publicado en Siempre, Santa Capilla de San Andrés, Jaén, 6, 2021.)



lunes, 20 de julio de 2020

MAESTRO DE AGUAS TURBIAS (1802)

En un censo de 1802, cuando reinaba en España y en las Indias el rey Carlos IV, al que Dios haya perdonado, aparece en la calle Reventón, de tan trabajoso acceso como su nombre indica, un vecino cuyo oficio era el de “maestro de aguas turbias”. Supongo que sería experto en pozos negros, letrinas y madres comunes. Eran sus vecinos, además, un yegüero, un albañil, un arriero y cinco jornaleros. El documento se conserva en el Archivo Municipal de Jaén.

jueves, 18 de octubre de 2018

PARTIDA CARLISTA EN RUS (1836)

Hoy, día de San Lucas, escribiré sobre otra partida carlista del XIX. En 1836 el alcalde constitucional de Rus, apellidado Díaz, informó a las autoridades de la irrupción en el pueblo, en pleno día, de una partida de dieciséis “facciosos”. Era, decía, la tercera vez que ocurría un hecho de tales características y con las mismas personas “que [en] muy anteriores entradas tomaron parte con los mismos, bociferando que el grueso de toda [se refiere quizás al total de la partida] a más de 400 caballos que residían por entonces en Canena.” El motivo de la entrada era conseguir caballos, monturas y armas que “por medio de un prolijo reconocimiento han estraído de las casas donde se encontraban”. En opinión del alcalde, la intención de los carlistas era dirigirse a Ibros y después a Baeza. Esta información fue enviada a esta ciudad, con el fin de que se comunicase también a Jaén, por medio de un criado del secretario del Ayuntamiento de Rus. El escrito, procedente del Archivo General de Simancas y realizado con evidente rapidez, no está fechado aunque, tras consultar la prensa de la época, creo que los hechos debieron de producirse a finales de octubre o a inicios de noviembre. La partida en cuestión estaba capitaneada por Peñuelas, Zarría, Morago, Pinto y los Chinchilla que eran tío y sobrino. También, gracias a la información de los periódicos, que debe tomarse con prudentes reservas por su hostilidad al bando realista, tras saquear Rus y Canena, los carlistas se dirigieron a Ibros aunque allí los vecinos, posiblemente avisados por el criado del secretario, y poco sensibles a pleitos dinásticos, los recibieron a tiros. Este hecho precipitó la división de la partida y el enfrentamiento entre sus cabecillas. Morago se hizo con el mando y, al parecer, Zarría fue tiroteado por la espalda, y mataron a Peñuelas. Los Chinchilla decidieron separarse con dieciséis jinetes pues decían que no querían ir en compañía de facinerosos. 

lunes, 1 de octubre de 2018

SOBRE UNA PARTIDA CARLISTA EN FUERTE DEL REY (1836)

Volvemos a editar Historia Giennense tras un largo período de silencio e inactividad. Comenzamos con noticias sobre una partida carlista, de las de la primera guerra, que hizo acto de presencia en Fuerte del Rey. Iban en busca de caballos o al menos de uno en concreto, propiedad de un labrador acomodado de allí. De esta forma, a inicios de diciembre de 1836*, el comandante general de la provincia de Jaén, don Antonio Romero, informó a la Capitanía General de Granada sobre el hecho de “haberse presentado unos rebeldes en el cortijo (no lo espresa) pidiendo un caballo de D. Cristóbal González, labrador en el Peñón de Zafra, término de Fuente del Rey, cuyo alcalde le da parte de esta ocurrencia”. Por su parte, el 3 de diciembre, el alcalde constitucional de la villa relató a las autoridades militares que don Cristóbal González, vecino y labrador de la villla, se presentó ante él 

“diciéndome que su aperador le había dado parte haber llegado a las inmediaciones del citado cortijo unos cuarenta facciosos, entre ellos siete lanceros, los que le preguntaron por el caballo del dicho don Cristóbal y como le contestestase que su amo lo tenía, se dirigieron acia otro cortijo llamado Marciáñez con cuyo motivo dispuse que todos los Nacionales y demás paisanos con armas velasen sobre este camino, toda la noche anterior, habiendose sabido que los facciosos se ausentaron”. 

Por aquellos días, milicianos nacionales y vecinos estaban con las armas aprestadas ante la presencia de estas partidas y, además, no dudaban en utilizarlas. No sólo, o no tanto, por razones ideológicas como por la necesidad de proteger sus modestos patrimonios de saqueos y expolios.
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*El informe del alcalde de Fuerte del Rey es del 3 de diciembre de 1836. El documento pertenece a los fondos del Archivo Histórico Nacional. El lector puede leer dos entradas sobre carlismo temprano en Jaén en Retablo de la Vida Antigua. Enlaces: el primero y el segundo.


jueves, 4 de enero de 2018

LA DETENCIÓN DE UN REALISTA (1820)


En julio de 1820 fue apresado por orden del alcalde constitucional de Jaén “un sugeto sospechosísimo” tanto por las personas con las que pretendía contactar, supongo que partidarias declaradas del absolutismo, como por su extraña actitud y las contradicciones en las que incurrió al ser interrogado. Entre otras cosas denunció ser víctima de un robo que, según los liberales no ocurrió pues se le intervino “un brillante equipage, y en él vestidos de golilla y dinero”. La golilla era prenda o distintivo de ministro togado o de curial. Cuando el alcalde, don Mateo Candalija, examinaba unos papeles del presunto realista, éste se abalanzó para arrebatárselos y destruirlos. No tuvo éxito en la empresa de destruirlos. No hubo manera de obtener información del detenido.

sábado, 30 de diciembre de 2017

DESDE LA CAROLINA (1820)

Las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena quedaron muy maltrechas tras la Guerra de la Independencia. El reinado de Fernando VII tampoco fue un período de paz y concierto capaz de propiciar un proceso de reconstrucción. A pesar de todo, en un artículo enviado desde La Carolina*, en noviembre de 1820, se refieren algunos progresos experimentados en esas Nuevas Poblaciones. Se menciona la expansión, todavía incipiente, del olivar. Era, según el autor, un cultivo muy adecuado para esas tierras, de tal manera que las estacas plantadas producían fruto a los tres años. La aceituna, afirma el escrito con cierto aire triunfalista, produce el doble de aceite “y de mejor calidad que la de casi todos los pueblos de esta provincia”. Imagino que esta afirmación provocó, entre los lectores giennenses, polémicas muy encendidas. Si el olivar presentaba unas excelentes perspectivas, no le iba a la zaga la cabaña de ganado caprino. El autor afirma, sin reservas, que “es sin disputa el mejor del mundo puesto que se crían machos de á 130 libras en limpio”. Ni Buffon, dice, los había registrado tan grandes como los que había en los pagos de Sierra Morena, “el verdadero diamente en bruto de la naturaleza vegetal y aún mineral”. Por último, menciona la leche de cabra que “no cede en esquisita a la de las Navas, que tanto se celebra en Madrid”.
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*Estas noticias están recogidas en un breve artículo publicado en Miscelánea de Comercio, Política y Literatura, 24 de noviembre de 1820.

sábado, 18 de febrero de 2017

LA PACÍFICA VIDA PROVINCIANA (1892)

Octubre de 1892 fue un mes peligroso en Jaen. En el libro de enterramientos -respetamos las denominación tradicional aunque ya nadie se enterraba en el templo- de la Parroquia de San Bartolomé, consta que Marcelo Moya, de 39 años, "fue hallado degollado extramuros de esta ciudad" en la tarde del 19 de octubre. Mala feria de san Lucas la de ese año. Unos días después, en la madrugada del 30, tres ladrones fueron sorprendidos cuando intentaban asaltar las dependencias de la Tabacalera y Efectos Timbrados. Era un plan destinado al fracaso ya que los malhechores pretendían acceder a tales oficinas -para vaciar el dinero procedente de tabacos, pólizas, sellos y demás- arrancando un sillar, tarea por fuerza ruidosa y lenta. Más todavía en el silencio de una ciudad provinciana del XIX. La proximidad del Gobierno Civil, ubicado en la actual Diputación Provincial, permitió que la Policía acudiese en el acto y detuviese a dos de los tres ladrones. El otro consiguió huir.  Hubo, además, un intercambio de disparos sin que ocurriesen mayores desgracias.

domingo, 5 de febrero de 2017

EL CONDE DE LAS ALMENAS Y LOS MODERADOS HISTÓRICOS (1880)

El moderantismo -partido "profundamente religioso, altamente monárquico y discretamente liberal, segú Claudio Moyano-  vivió su etapa final con el inicio de la Restauración. Se produjo entonces una división entre los llamados moderados "resellados"  y los "puros". Los primeros eran aquellos moderados que ingresaron en las filas canovistas y reconocieron la Constitución de 1876. Los segundos, aunque acataban la legalidad vigente, aspiraban a la imposible vuelta de Isabel II y de la Constitución de 1845. Eran los mas duros y reaccionarios. Los presidió, hasta 1878, el conde de Cheste y fueron personajes muy relevantes en dicho partido, entre otros, Valmaseda, el conde de Xiquena, Claudio Moyano y el conde de Puñoenrostro. En 1880 hubo una operación política destinada a integrar en el Partido Conservador a lo que quedaba del moderantismo más irreductible. Era conveniente mantenerlos bajo la autoridad de Cánovas a que reforzasen las filas del carlismo, de los neocatólicos o de los integristas. El conde de las Almenas, político y aristócrata de procedencia giennense participó en las conversaciones y tratos dirigidos a tal objetivo. El relativo éxito de tales negociaciones tuvo el correspondiente reconocimiento público en la cena organizada -y pagada- por Almenas el 20 de julio de 1880. Cenas y banquetes en general representaban una alegre y civilizada forma de sociabilidad y movilización política en la España de la Restauración. Mejor de esta manera que a tiros, sin duda. Es posible -y así se apuntaba en algún periódico- que el inductor de esta maniobra fuese el conde de Toreno a cuyo entorno político pertenecía Almenas. Asistieron al acto Romero Robledo -ministro de la Gobernación, hombre de gran astucia y experto en ganar elecciones- y el conde de Puñoenrostro, cabeza de los moderados históricos y resignado a la paulatina desaparición de su partido tras la muerte de Narváez. "Necrópolis" había llamado León y Castillo a dicha formación. La cena tuvo lugar en los Jardines del Buen Retiro. Almenas tenía buenas credenciales entre los moderados y, por su parte, quería expresar su agradecimiento a Romero Robledo que le había facilitado el acceso al Senado tras unas difíciles elecciones en Ciudad Real. Todo esto, según la prensa de izquierdas de la época, a pesar de "contar con universales antipatías en el país". El rival derrotado por Almenas, con métodos probablemente poco ortodoxos y con la eficaz influencia de los "húsares" romeristas, se llamaba Merelo. El moderantismo histórico no desapareció de manera inmediata pero algún paso se dio con este acuerdo del que fue testigo y, hasta cierto punto, artífice el conde de las Almenas. Unos meses más tarde, en noviembre de 1880, participó otra cena, celebrada en Sevilla, en homenaje a Romero Robledo. Entre los asistentes, la prensa menciona a un señor apellidado Abril. Creo que se refiere Gregorio Abril y Ávila, de Alcalá la Real y senador por Jaén en ese momento. Se da el caso de que en 1875 aparece como moderado histórico y  opuesto a colaborar con los conservadores canovistas. En 1880 era ya conservador de obediencia romerista y constituiría uno de los puntales de dicha corriente en la provincia de Jaén. La relación de Almenas con los romeristas, en cambio, se deterioró años más tarde, con motivo de unas elecciones municipales en Jaén. Quede esta historia para otra ocasión.

domingo, 11 de diciembre de 2016

COFRADÍA DE ÁNIMAS DE SAN MIGUEL (1822)

La parroquia de San Miguel, de Jaén, albergaba una cofradía dedicada a las Ánimas del Purgatorio. Contaba con un patrimonio modesto. Sus bienes registrados en 1822, con el fin de desamortizarlos, eran los siguientes: una casa en la calle del Vicio, tasada en 4.744 reales y con una renta anual de 190 reales; otra en la calle de Los Romeros, valorada en 742 reales, cuya renta anual se estimaba en 30 reales. Otra vivienda más en la calle Tinajeros, cuyo valor era de 2.708 reales, con una renta de 123 reales por año. Sobre una tercera parte de este inmueble había un censo de 366 reales y 22 maravedíes, que rentaba once reales al año. Respecto a propiedades rústicas, sólo se menciona una haza situada en El Hacho, de tercera categoría y con una superficie de cuatro celemines y un cuartillo. Estaba valorada en 1.900 reales y originaba 57 reales de renta anual.*
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*Los datos en Crédito Público, 16-9-1822.

lunes, 28 de noviembre de 2016

EJECUCIÓN EN LA CAROLINA (1863)


Uno de los tópicos más absurdos y carentes de veracidad es el del bandolerismo romántico y generoso. El siguiente suceso puede ilustrarnos al respecto. A inicios de noviembre de 1861 dos arrieros, padre e hijo, fueron asaltados en despoblado por una cuadrilla de ladrones en Las Juntas, término de Vilches. Llevaban una carga de trigo valorada en unos treinta duros. Los condujeron a Vilches, donde escondieron lo robado en la casa de un carpintero que se unió al grupo. Desde allí condujeron a los pobres trajinantes, con los ojos vendados, en una noche de viento y aguas furiosas, a las cercanías de Linares. Sin piedad alguna los asesinaron arrojándolos al pozo de una mina abandonada. La víctima más joven tenía apenas catorce años. Por desgracia estos casos no eran infrecuentes. La Guardia Civil, el telégrafo y el ferrocarril acabarían con ellos pero no fue fácil tarea ni careció de peligros. La Justicia capturó a los criminales, no sé si a todos. El 16 de diciembre de 1863 le dieron garrote en La Carolina a Juan Mantecón Poveda, considerado autor de los hechos. Presenciaron su muerte tres de sus cómplices, de los que desconozco su destino final, y el vecindario de dicha población. Hacía, al parecer, mucho tiempo que no se ejecutaban penas de muerte en La Carolina.

miércoles, 6 de abril de 2016

LOS BIENES DE LAS ÁNIMAS (1822)


En otras ocasiones he escrito sobre la devoción a las Ánimas, tan popular y relevante en la tradición católica y de orígenes antiquísimos. La actividad de las cofradías de Ánimas dedicadas a rezar y a redimir almas en pena fue general en la España de pasados siglos. Estas sociedades piadosas se mantenían, con desigual desahogo, Con limosnas, recogidas por los cofrades con abnegada puntualidad, y con las rentas de las fincas legadas por los fieles en sus testamentos, además de otras mandas piadosas. El caso de la cofradía de Ánimas de Vilches  es bien conocido por el autor de estas líneas y estudié su pasado con documentación del archivo de la parroquia de San Miguel de dicha villa, en apacibles horas de silencio que recuerdo no sin reverencia.
En las siguientes líneas menciono los bienes raíces de la cofradía de Ánimas ubicada en la iglesia de San Ildefonso de Jaén en 1822. En dicho templo se conserva un imponente retablo dedicado a las ánimas del Purgatorio sobre el que ya trató don Rafael Ortega y Sagrista. Es de mediados del XVIII pero nadie busque resabios ilustrados en sus atormentadas imágenes. Es pura religiosidad barroca. Dejemos, sin embargo, para mejor ocasión esta meritoria obra de arte y centrémonos en los bienes de la mencionada cofradía.  Al igual que en el caso de los Trinitarios Calzados, eran fincas que iban a ser desamortizadas. Comencemos por conocer las casas de la cofradía, situadas en calles muy honradas de la colación de San Ildefonso:

Una casa en la calle Tosquilla, tasada en 6.173 reales con una renta anual estimada en 246 reales.
Una casa en la calle de las Bernardas, tasada en 7.339 reales, rentaba anualmente 293 reales.
Una casa en la calle de las Bernardas, valorada en 3.983 reales, con una renta anual estimada en 159 reales.
Una casa en la calle de Olid, tasada en 2.470 reales que rentaba 98 reales cada año.

No dejaba de tener, en verdad, cierta importancia la posibilidad de vivir en una casa cuyo alquiler, imagino que puntualmente pagado, estaba destinado a sufragar misas por las almas en pena. Era de esperar que los morosos e inquilinos informales durmiesen con todo desasosiego esperando reproches, lamentos nocturnos y aterradoras apariciones de unas ánimas convertidas en acreedoras y condenadas a pasar muchos años más en el Purgatorio por falta de sufragios. Esto sin contar las seguras aprensiones de los más curtidos liberales y de los compradores de tales bienes. Era cosa seria lo de jugar y especular con los bienes de las almas en pena.

 Respecto a las propiedades rústicas puedo decir que se limitaban a un olivar en Molinillo Alto, en la jurisdicción de Jaén, de una fanega y de tercera categoría, que estaba valorado en 1.260 reales y rentaba 38 reales. A esta finca se unía una haza en Las Paradejas, de tres fanegas y cuatro celemines, cuyo valor estimado era de 500 reales y rentaba sólo 15 reales al año. Las casas constituían los bienes más rentables y de mayor valor. La Cofradía obtenía cada año 796 reales procedentes de sus arrendamientos. Las rentas del campo sólo ascendían a 53 reales anuales. 
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*La relación de bienes inmuebles en Crédito Público, 16-9-1822. La fotografía en el artículo de don Rafael Ortega y Sagrista que se enlaza en la entrada.

miércoles, 16 de marzo de 2016

MEDIDAS DESAMORTIZADORAS Y TRINITARIOS CALZADOS (1822)

En 1822 los liberales aplicaron la legislación aprobada por las Cortes de Cádiz cuyo fin era desamortizar numerosos bienes inmuebles. A los incluidos en dichas disposiciones, durante el Trienio Constitucional añadieron los pertenecientes a los monasterios y al Santo Oficio. Según informes del conde de Toreno, se vendieron 25.500 fincas con una ganancias para el Estado que ascendieron a unos 1.500 millones de reales. Cuando Fernando VII restauró el absolutismo en 1823 estas ventas quedaron sin efecto, para desolación de los compradores, pero fueron recuperadas por éstos en 1835. El importe de lo obtenido en las subastas se emplearía en reducir el endeudamiento del Estado. Sólo podrían participar en estas transacciones los que tuviesen títulos de deuda pública.
Entre los bienes desamortizados estaban los pertenecientes al Convento de los Mercedarios Calzados. A finales del siglo XVIII esta orden contaba en el Reino de Jaén con cuatro casas y algo más de de medio centenar de religiosos. A continuación presento, debidamente enumerada, la relación de los bienes de su convento de Jaén. La lectura del nombre de los pagos y parajes del término, la naturaleza de los cultivos y de las heredades, nos permitirán, en alguna medida, reconstruir paisajes ya perdidos, conservados en algunos casos afortunados o, simplemente transformados por el tiempo. El criterio que voy a seguir es muy simple. Cito, en primer lugar, la ubicación de las fincas, sus características y extensión para, finalmente, indicar, su valor de tasación junto a la estimación de la renta anual que producían. Es conveniente indicar que si, en general, las propiedades subastadas se tasaron a un precio inferior al del mercado, era tal la demanda de tierras e inmuebles urbanos que los compradores llegaron a pagar hasta un 200 % más respecto al precio de salida en las subastas. La demanda de tierra y de casas era muy grande.
    
1. Puerto Alto, casería de 34 fanegas y nueve celemines, con casa de teja, 50 olivos mayores, 320 menores y diversos frutales. Tasada en 25.888 reales y con una renta anual de 850 reales.
2. Puerto Alto, olivar de 12 fanegas y tres celemines, con 246 matas de olivos mayores y 170 matas de olivos menores de varias clases. Tasado en 7.550 reales y con una renta anual de 526 reales cada año.
3. Puerto Alto, un pedazo de pinar de nueve fanegas y seis celemines. Tasado en 1.800 reales, con una renta anual de 54 reales.
4. Puerto Alto, otro pedazo de pinar de cuatro fanegas y seis celemines, con 25 matas de olivos mayores, valorado en 1.300 reales, renta estimada en 39 reales por año.
5. Torre de Juan Baños, huerta de una fanega y diez celemines con media docena de nogales, siete matas de albarillos, tres higueras, un peral y una casa choza. Fue tasada en 16.500 reales y rentaba anualmente 495 reales.
6. Virgen Blanca, una huerta de una fanega, con ocho higueras, 39 granados, cinco parrales de 120 pies, 60 cepas de viñedo. Valorada en 7.750 reales y con un rendimiento anual de 432  reales.
7. Lope Pérez, huerta, 8,5 celemines, cinco nogueras, un parral, varios frutales. Tasada en 6.750 reales, rentaba cada año 202 reales.
8. Vado de La Guardia, huerta de tres fanegas, con 20 perales y otros árboles, choza y vestigios de un molino harinero. Tasada en 20.500 reales, renta anual de 619 reales.
9. Guadualla, en La Guardia, una huerta de cinco celemines, tasada en 1.400 reales y rentaba por año 42 reales.
10. Molinillo, haza de una fanega y seis celemines, tasada en 2.800 reales y con una renta anual de 80 reales.
11. Virgen Blanca, haza de seis celemines, tasada en 2.500 reales y con un rendimiento anual de 75 reales.
12. Virgen Blanca, haza de dos fanegas con seis celemines, tasada en 2.350 reales, rentaba cada año 70 reales.
13. Salina de Arroyo de Valparaíso, haza de riego de una fanega, tasada en 2.000 reales, rentaba 60 reales por año.
14. Salina de Arroyo de Valparaíso, haza de secano de seis celemines, tasada en 400 reales y con una rendimiento anual de doce reales.
16. Pilar de la Dehesa, haza de riego de cinco fanegas y tres celemines, tasada en 1.980 reales, rentaba anualmente 89 reales.
17. El Valle, haza de riego de una fanega, valorada en 3.300 reales, se obtenía una renta anual de 99 reales,
18. Valdecañas, haza de riego de una fanega, tasada en 1.000 reales, con una renta anual de 80 reales.
19. La Cañada, dos hazas, de 3 fanegas y medio celemín respectivamente, de riego, valoradas en 11.800 reales, con una rendimiento anual de 354 reales.
20. La Cañada, haza de cinco celemines, de riego, valorada en 1.500 reales, rentaba cada año 45 reales.
21. El  Valle, haza de riego, once celemines, tasada en 2.100 reales y una renta estimada en 63 reales por año.
por año.
22. Barranco Hondo, un pedazo de tierra de 235 fanegas y nueve celemines con fábrica de salina, casa, pozo y pila, tasada en 12.400 reales y con una renta anual de 372 reales.
23. La Corona, un pedazo de tierra con olivos, una fanega y seis celemines, tasada en 5.450 reales y 163 reales de renta anual.
24. Puerto Alto, haza de riego, dos fanegas y nueve celemines con 107 matas de olivo, tasada en 3.820 reales y renta anual de 114 reales.
25. Colindante con el convento de Trinitarios Calzados, huerta de siete celemines con 57 olivos, tasada en 3.892 reales. Rentaba cada año 160 reales.
Los fincas urbanas del convento eran las siguientes:
1. Una casa en la calle de la Santísima Trinidad, valorada en 22.560 reales con una renta anual de 900 reales.
2. Una casa en la calle de la Santísima Trinidad, valorada en 4.367 reales con un rendimiento anual de 174 reales.
3. Una casa en la calle de la Santíima Trinidad, valorada en 6.360 reales con una renta anual de 250 reales.
4. Una casa en la calle de la Concepción Vieja, valorada en 4.222 reales, rentaba 168 reales por año.
5. Una casa en la calle de la Concepción Vieja, valorada en 3.407 reales con una renta anual de 136 reales.
6. Una casa en la calle de la Concepción Vieja, valorada en 2.680 reales con un rendimiento anual de 107 reales.
7. Un portal por bajo del Arco de San Lorenzo, valorado en 2.100 reales, con 24 reales de renta anual.
8. Una casa en la calle de Santo Domingo, valorada en 3.500 reales con una rendimiento anual de 140 reales.
La superficie de las fincas, en total, era de unas doscientas hectáreas y la renta obtenida ascendía a 5.139 reales anuales. Eran, en general, propiedades pequeñas o medianas más o menos dispersas, procedentes, en buena parte, de donaciones y mandas piadosas. La renta anual de los inmuebles urbanos era, en términos relativos, notablemente superior. La casa de la calle de la Trinidad, valorada en 22.560 reales, era más rentable (900 reales por año) que la casería de Puerto Alto, tasada en 25.888 reales y con una renta anual de 850 reales. Ocho fincas urbanas suponían la cuarta parte de las rentas anuales derivadas de todos los bienes inmuebles del Convento.

domingo, 28 de febrero de 2016

JORNALES Y VÍVERES EN JAÉN (1819)

Publico en Retablo de la Vida Antigua una relación de productos de primera necesidad con sus correspondientes precios. Podrá comprobar el lector la pobre capacidad adquisitiva del giennense corriente de los tiempos de Fernando VII. La penuria y las tripas mal gobernadas acompañaban al acontecer diario del vecindario. La dieta se resolvía a base de pan, habas, patatas, arroz y alguna propina ocasional de tocino o carnero. La opción de un buen plato de macho cabrío no parece, en nuestros tiempos, muy atractiva pero en aquellos años del Trágala era lo que había y no sin suerte. Puede leerse el artículo aquí.

lunes, 15 de febrero de 2016

BANDIDOS FUSILADOS EN EL CASTILLO DE SANTA CATALINA (1833)



El 24 de septiembre de 1833, relata el Boletín Oficial de Jaén, fueron pasados por las armas, en el Castillo de Santa Catalina de Jaén, Antonio Maldonado y Felix Barranco La Chota, vecinos de Dalías, Pedro Ruiz La Negrita, vecino de Benamocarra. Eran autores de varios robos con homicidio, estupros y violaciones. Entre sus maldades destaca la amenaza que hicieron a un pobre viajero de freírle la asadura y, para ello, prepararon una sartén que pusieron al fuego. Capaces eran, desde luego, de tal infamia. Los tres habían estado en distintas prisiones. El día 19 de de dicho mes se amotinaron  e intentaron asesinar al oficial que los custodiaba con el fin de darse a la fuga. Este hecho precipitó su ejecución que fue presenciada, además, por Juan Benítez, Juan Manuel Berdún y José Montilla implicados en dicho motín. Fueron procesados y condenados por la Justicia militar.

sábado, 6 de febrero de 2016

DOS CABALLOS DE LOS CONDES DE LAS ALMENAS



El primero, que aparece en la ilustración, perteneció a don José María de Palacio, conde de las Almenas. Se llamaba Castellano era de raza andaluza, tordo y con "once dedos sobre la marca". Lo destinaron a las caballerizas reales para su uso como montura y tiro. Esta condición de caballo palaciego y de casa grande le costó ser subastado cuando llegó la I República. Otro caballo memorable fue Impresor, adquirido por don Francisco Javier de Palacio, también conde de las Almenas e hijo del anterior. La caballería tenía seis años, procedía de la ganadería de los Guerrero, de Jerez, y medía doce dedos de altura. Ganó dos menciones honoríficas, en 1880 y 1881, en exposiciones de ganados en Sevilla además del premio extraordinario en la celebrada en Madrid, también en 1881. Don Francisco Javier de Palacio, muy preocupado por los asuntos agropecuarios, pensaba emplear al caballo como semental. Por las alabanzas que le prodigó la prensa especialiada, debió de ser un ejemplar de categoría y valor.


ALONSO DE VALENZUELA

Alonso de Valenzuela fue un cofrade de la Santa Capilla que vivió entre finales del siglo XVI y el primer tercio del XVII. Casó dos veces, l...