Mostrando entradas con la etiqueta clérigos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta clérigos. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de enero de 2024

DON MAXIMIANO FERNÁNDEZ DEL RINCÓN

Nació en Jaén en 1835 dentro de una familia de clase media. Sus padres fueron don José Fernández del Rincón y Anguita, que había sido secretario de la Prefectura de Jaén en 1812 y afrancesado por convencimiento o fuerza mayor, y doña Gregoria de Soto Dávila. No le faltaban antecedentes linajudos, muy valiosos todavía pero que iban a menos en aquella España recién salida del absolutismo y cambiante a fuerza de revoluciones, sobresaltos y pronunciamientos. Así, don Maximiano tomó la meritoria senda del estudio para labrarse un porvenir y, tras pasar por las aulas del Instituto Virgen del Carmen, obtuvo el título de Bachiller en Filosofía. A los diecisiete años ingresó en el Seminario San Felipe Neri de Baeza del que, tiempo después, sería rector. En 1859 era ya presbítero y, a fuerza de ganar oposiciones, accedió al nombramiento de párroco del Sagrario de Baeza y después, en 1866, pasó a serlo del Sagrario de Jaén. Al año siguiente fue recibido en la Santa Capilla de San Andrés. En 1871 era lectoral de la Catedral de Granada en cuyo seminario impartió clases. Es evidente que don Maximiano tuvo una sólida formación pues fue licenciado y doctor en Sagrada Teología, bachiller en Derecho Canónico y profesor de Filosofía, Teología Dogmática y Moral, Hebreo, Oratoria Sacra, Sagradas Escrituras, Matemáticas, Lógica, Metafísica y Ética. Nada que ver con la imagen del clérigo cerril, esperpéntico e ignorante difundida por las publicaciones anticlericales de su tiempo y que, lamentablemente, hoy muchos dan por cierta contra todo rigor histórico. Fue, además, examinador sinodal de las diócesis de Granada, Tarragona, Córdoba y Pamplona y director del Seminario de Baeza. 

Tantos títulos y dignidades no hicieron de él un hombre engolado y pedante sino que, así lo afirman los que lo conocieron, se caracterizó por su trato sencillo, nada ostentoso y de gran simpatía personal, algo que destacó la Reina Regente, Doña María Cristina de Habsburgo que no debió de ser persona fácilmente impresionable y que dijo de él: “no he conocido en mi vida un obispo más simpático, más ilustrado y más humilde”. Tampoco fue un hombre retraído y encerrado en sí mismo pues supo estar en el mundo y bien atento a las nuevas corrientes de su tiempo. Tuvo también aficiones poéticas y participó en la Corona poética esparterista con su composición “En felix restauración de la libertas”  y en El romancero de Jaén, dedicado a Isabel II, con un romance caballeresco, medievalizante y tardorromántico, “Los doce leones de Úbeda”, que comenzaba “ Volaba de triunfo en triunfo, / Alonso rey de Castilla, / onceno ya de su nombre, / primero en glorias cumplidas.” También escribió libros religiosos con títulos como Permuta de Corazones, Desposorio del Alma y Escuela de humildad que nos recuerdan el mundo descrito por el Padre Coloma en Pequeñeces.

Prueba de su modernidad fue su interés por la prensa, un medio que consideraba de gran influencia social y de indudable utilidad para difundir los principios católicos. En su mocedad colaboró en cabeceras tan desenfadadas como El recreo de la juventud (1857), un semanario “literario científico” de vida muy efímera pues, como indica Checa Godoy, apenas se mantuvo durante dos o tres meses y donde publicó sus primeros poemas Bernardo López, de la misma generación que nuestro personaje aunque de vida más breve y trágica. Don Maximiano también colaboró en El Correo de la Loma (1855), fundó La Verdad Católica (1868)  y La Fe Católica (1869) pero de su actividad política y sus preocupaciones sociales.

Don Maximiano Fernández del Rincón vivió en un tiempo en el que ser clérigo no era tarea fácil. Fueron años de incertidumbre y también de una intensa movilización católica. Se organizaron multitudinarios congresos católicos, entre 1889 y 1902, en Madrid, Zaragoza, Sevilla, Tarragona, Burgos y Santiago, se fundaron numerosas congregaciones de carácter asistencial y dedicadas a la enseñanza y, además, se potenció el asociacionismo obrero. Don Maximiano no fue ajeno a esta poderosa corriente. Consciente de la influencia de la prensa en la formación de la opinión y en su capacidad de movilización social, fundó durante el Sexenio Revolucionario, La Verdad católica, un periódico de signo tradicionalista y, por tanto, beligerante frente a los hombres de 1868 que no dudaron en encarcelar a su director, a su administrador y a su impresor. También colaboró en La fe católica, algo más templado en su línea editorial. Tuvo sinceras preocupaciones sociales e impulsó la formación de asociaciones obreras católicas en Baeza, Teruel y Guadix, contribuyó a la fundación de colegios, como los erigidos en Granada, Guadix y Baza, y apoyó, junto al también cofrade de la Santa Capilla, Muñoz Garnica, la instauración en Jaén de las Hermanitas de los Pobres como bien ha estudiado don Pedro Casañas Llagostera. Asimismo, denunció la extrema pobreza de los curas rurales, sujetos a las tiranías de caciques y alcaldes, y el desamparo de los campesinos y labradores como consta en una de sus intervenciones en el Senado. En otros aspectos era muy conservador e incluso reaccionario. Fue enemigo de la libertad de cultos pues temía la expansión del protestantismo en España, desconfiaba de la introducción de la gimnasia en los colegios, rechazó, con toda sensatez en este caso, la moda del espiritismo, hasta el punto de convertir en Granada a una familia completa que era dada a estas prácticas, y criticó la desmedida afición a medir cráneos, tan del gusto de algunos estudiosos de la época, como el doctor Olóriz. 

Fue obispo de Teruel y administrador de Albarracín y, más adelante, obispo de Guadix. Su designación para el obispado de Teruel fue un acontecimiento en Jaén -se hizo una suscripción popular para regalarle un báculo y un pectoral de oro- y en Baeza, donde hubo grandes demostraciones de júbilo en su honor. Sabemos, gracias a don Manuel Caballero Venzalá y a don Rufino Almansa Tallante que fue a Teruel acompañado por el presbítero don Pedro José Garrido al que nombró mayordomo y secretario de Cámara y Gobierno.

Durante su estancia en Teruel, entre 1891 y 1894, fue víctima de las iras anticlericales. Estos incidentes, ocurridos en julio de 1893, estudiados por doña Flavia Paz y don Mariano J. Esteban, se produjeron cuando don Maximiano prohibió el repique de campanas y la participación del clero local en una procesión cívica que conmemoraba una victoria sobre los carlistas en 1874. Su decisión provocó un motín en el que los anticlericales amenazaron con quemar el Palacio Episcopal al tiempo que gritaban mueras e injurias contra don Maximiano, los clérigos y las monjas ante la pasividad del alcalde y del gobernador. Se decía que los concejales repartieron pitos entre los alborotadores para mayor escarnio y mofa. Esto era demasiado para un obispo del siglo XIX  y, unos días después, ofendido y dolido, se trasladó e instaló en Albarracín para no volver más a Teruel. El asunto tuvo cierta importancia y se trató en el Consejo de Ministros y en las Cortes. Se llegó a plantear, incluso, la supresión del Obispado de Teruel aunque se evitó tal medida ante la indignación del vecindario que en su mayoría, todo sea dicho, lamentaba lo ocurrido. Don Maximiano, sitiado y hostigado, por fuerza tendría añoranzas de sus días de Jaén y Baeza. El arzobispado de Zaragoza aconsejó su traslado y en 1894 fue nombrado obispo de Guadix-Baza. Su actividad fue incansable y no exenta de contradicciones y polémicas. Recibió honores y reconocimientos y, además, fue senador del Reino. Murió en Guadix en 1907.


(Ángel Aponte Marín, publicado en Siempre,  números 17 y 18, 2023Santa Capilla de San Andrés, Jaén.)



miércoles, 16 de marzo de 2016

MEDIDAS DESAMORTIZADORAS Y TRINITARIOS CALZADOS (1822)

En 1822 los liberales aplicaron la legislación aprobada por las Cortes de Cádiz cuyo fin era desamortizar numerosos bienes inmuebles. A los incluidos en dichas disposiciones, durante el Trienio Constitucional añadieron los pertenecientes a los monasterios y al Santo Oficio. Según informes del conde de Toreno, se vendieron 25.500 fincas con una ganancias para el Estado que ascendieron a unos 1.500 millones de reales. Cuando Fernando VII restauró el absolutismo en 1823 estas ventas quedaron sin efecto, para desolación de los compradores, pero fueron recuperadas por éstos en 1835. El importe de lo obtenido en las subastas se emplearía en reducir el endeudamiento del Estado. Sólo podrían participar en estas transacciones los que tuviesen títulos de deuda pública.
Entre los bienes desamortizados estaban los pertenecientes al Convento de los Mercedarios Calzados. A finales del siglo XVIII esta orden contaba en el Reino de Jaén con cuatro casas y algo más de de medio centenar de religiosos. A continuación presento, debidamente enumerada, la relación de los bienes de su convento de Jaén. La lectura del nombre de los pagos y parajes del término, la naturaleza de los cultivos y de las heredades, nos permitirán, en alguna medida, reconstruir paisajes ya perdidos, conservados en algunos casos afortunados o, simplemente transformados por el tiempo. El criterio que voy a seguir es muy simple. Cito, en primer lugar, la ubicación de las fincas, sus características y extensión para, finalmente, indicar, su valor de tasación junto a la estimación de la renta anual que producían. Es conveniente indicar que si, en general, las propiedades subastadas se tasaron a un precio inferior al del mercado, era tal la demanda de tierras e inmuebles urbanos que los compradores llegaron a pagar hasta un 200 % más respecto al precio de salida en las subastas. La demanda de tierra y de casas era muy grande.
    
1. Puerto Alto, casería de 34 fanegas y nueve celemines, con casa de teja, 50 olivos mayores, 320 menores y diversos frutales. Tasada en 25.888 reales y con una renta anual de 850 reales.
2. Puerto Alto, olivar de 12 fanegas y tres celemines, con 246 matas de olivos mayores y 170 matas de olivos menores de varias clases. Tasado en 7.550 reales y con una renta anual de 526 reales cada año.
3. Puerto Alto, un pedazo de pinar de nueve fanegas y seis celemines. Tasado en 1.800 reales, con una renta anual de 54 reales.
4. Puerto Alto, otro pedazo de pinar de cuatro fanegas y seis celemines, con 25 matas de olivos mayores, valorado en 1.300 reales, renta estimada en 39 reales por año.
5. Torre de Juan Baños, huerta de una fanega y diez celemines con media docena de nogales, siete matas de albarillos, tres higueras, un peral y una casa choza. Fue tasada en 16.500 reales y rentaba anualmente 495 reales.
6. Virgen Blanca, una huerta de una fanega, con ocho higueras, 39 granados, cinco parrales de 120 pies, 60 cepas de viñedo. Valorada en 7.750 reales y con un rendimiento anual de 432  reales.
7. Lope Pérez, huerta, 8,5 celemines, cinco nogueras, un parral, varios frutales. Tasada en 6.750 reales, rentaba cada año 202 reales.
8. Vado de La Guardia, huerta de tres fanegas, con 20 perales y otros árboles, choza y vestigios de un molino harinero. Tasada en 20.500 reales, renta anual de 619 reales.
9. Guadualla, en La Guardia, una huerta de cinco celemines, tasada en 1.400 reales y rentaba por año 42 reales.
10. Molinillo, haza de una fanega y seis celemines, tasada en 2.800 reales y con una renta anual de 80 reales.
11. Virgen Blanca, haza de seis celemines, tasada en 2.500 reales y con un rendimiento anual de 75 reales.
12. Virgen Blanca, haza de dos fanegas con seis celemines, tasada en 2.350 reales, rentaba cada año 70 reales.
13. Salina de Arroyo de Valparaíso, haza de riego de una fanega, tasada en 2.000 reales, rentaba 60 reales por año.
14. Salina de Arroyo de Valparaíso, haza de secano de seis celemines, tasada en 400 reales y con una rendimiento anual de doce reales.
16. Pilar de la Dehesa, haza de riego de cinco fanegas y tres celemines, tasada en 1.980 reales, rentaba anualmente 89 reales.
17. El Valle, haza de riego de una fanega, valorada en 3.300 reales, se obtenía una renta anual de 99 reales,
18. Valdecañas, haza de riego de una fanega, tasada en 1.000 reales, con una renta anual de 80 reales.
19. La Cañada, dos hazas, de 3 fanegas y medio celemín respectivamente, de riego, valoradas en 11.800 reales, con una rendimiento anual de 354 reales.
20. La Cañada, haza de cinco celemines, de riego, valorada en 1.500 reales, rentaba cada año 45 reales.
21. El  Valle, haza de riego, once celemines, tasada en 2.100 reales y una renta estimada en 63 reales por año.
por año.
22. Barranco Hondo, un pedazo de tierra de 235 fanegas y nueve celemines con fábrica de salina, casa, pozo y pila, tasada en 12.400 reales y con una renta anual de 372 reales.
23. La Corona, un pedazo de tierra con olivos, una fanega y seis celemines, tasada en 5.450 reales y 163 reales de renta anual.
24. Puerto Alto, haza de riego, dos fanegas y nueve celemines con 107 matas de olivo, tasada en 3.820 reales y renta anual de 114 reales.
25. Colindante con el convento de Trinitarios Calzados, huerta de siete celemines con 57 olivos, tasada en 3.892 reales. Rentaba cada año 160 reales.
Los fincas urbanas del convento eran las siguientes:
1. Una casa en la calle de la Santísima Trinidad, valorada en 22.560 reales con una renta anual de 900 reales.
2. Una casa en la calle de la Santísima Trinidad, valorada en 4.367 reales con un rendimiento anual de 174 reales.
3. Una casa en la calle de la Santíima Trinidad, valorada en 6.360 reales con una renta anual de 250 reales.
4. Una casa en la calle de la Concepción Vieja, valorada en 4.222 reales, rentaba 168 reales por año.
5. Una casa en la calle de la Concepción Vieja, valorada en 3.407 reales con una renta anual de 136 reales.
6. Una casa en la calle de la Concepción Vieja, valorada en 2.680 reales con un rendimiento anual de 107 reales.
7. Un portal por bajo del Arco de San Lorenzo, valorado en 2.100 reales, con 24 reales de renta anual.
8. Una casa en la calle de Santo Domingo, valorada en 3.500 reales con una rendimiento anual de 140 reales.
La superficie de las fincas, en total, era de unas doscientas hectáreas y la renta obtenida ascendía a 5.139 reales anuales. Eran, en general, propiedades pequeñas o medianas más o menos dispersas, procedentes, en buena parte, de donaciones y mandas piadosas. La renta anual de los inmuebles urbanos era, en términos relativos, notablemente superior. La casa de la calle de la Trinidad, valorada en 22.560 reales, era más rentable (900 reales por año) que la casería de Puerto Alto, tasada en 25.888 reales y con una renta anual de 850 reales. Ocho fincas urbanas suponían la cuarta parte de las rentas anuales derivadas de todos los bienes inmuebles del Convento.

lunes, 18 de enero de 2016

EL ARCIPRESTE DON EZEQUIEL MUDARRA

Don Ezequiel Mudarra Romero (1867-1934)

Nació en abril de 1867 en Charilla, una aldea de Alcalá la Real, al sur de la provincia de Jaén. No era un lugar desde el que fuese fácil iniciar una gran carrera pero sus indudables cualidades intelectuales, además del oportuno parentesco con don Prudencio Mudarra Párraga -su tío, marqués consorte de Campoameno, diputado a Cortes y rector de la Universidad de Sevilla- le permitieron ocupar una posición notable en su tiempo y de gran relevancia entre los suyos. La historia de don Ezequiel bien podría haber sido la de un hombre de siglos anteriores. Todavía, incluso, en la España de la Restauración, la carrera eclesiástica, la condición de jurista, las armas, la administración o la Corte eran los caminos habituales para la promoción personal y social. Don Ezequiel eligió el sacerdocio aunque, como veremos, fue también letrado, capellán castrense, secretario y, a su manera, cortesano.

Don Ezequiel se formó en los seminarios de San Felipe Neri de Baeza y de San Cecilio en Granada. En 1891, con veinticuatro años, era ya presbítero. Hizo una buena carrera eclesiástica y, podríamos decir, mundana gracias a su preparación intelectual y sus buenas relaciones. Tenía varios títulos académicos: bachiller en Artes, licenciado en Teología, en Filosofía y Letras y en Derecho. La relación de asignaturas que estudió y superó durante su época estudiantil  no deja de producir asombro y desmiente el tópico de un clero mal preparado. Ejerció, además, como catedrático de Literatura en el Seminario de Jaén, entre 1892 y 1896, y como auxiliar de una cátedra de Instituto en Sevilla. Dentro de la carrera eclesiástica, fue capellán castrense y capellán del Hospital Militar de Santa Cruz de Tenerife en 1895. Opositó y ganó una canonjía en de la Iglesia Magistral del Sacromonte de Granada. En 1906 era ya beneficiado de la Catedral de Sevilla, en 1909 obtuvo otro beneficio en Madrid, en 1916 ascendió al arciprestazgo de Sevilla y en 1928 alcanzó la dignidad de deán de Madrid.

Aunque tales prebendas no eran asunto menor, unos de los cometidos más sobresalientes de don Ezequiel fue su condición de secretario particular de la infanta Doña Eulalia de Borbón, hija de Isabel II, casada con Don Antonio de Orleans, y de sus hijos los infantes Don Alfonso y Don Luis de Orleans. Era un hombre especialmente valioso pues su formación le permitía ser, al mismo tiempo, confesor, director espiritual, secretario, apoderado y, por su condición de abogado, colegiado en Sevilla y Madrid, consejero legal. Don Ezequiel acompañaba a los infantes en sus viajes, bien a Madrid o a Sanlúcar, los recibía a su vuelta de Inglaterra, o cuidaba de ellos cuando Doña Eulalia estaba de viaje. También contó con la confianza de la infanta Doña Beatriz de Sajonia-Coburgo-Gotha, casada con Don Alfonso de Orleans. La cercanía de don Ezequiel fue decisiva momentos especialmente delicados, como cuando acompañó a Don Alfonso, en 1919, al traspaso del Palacio de su padre, Don Antonio de Orleans, en Sanlúcar, y a la verificación del inventario de numerosas y valiosas obras de arte que allí había, incluidos cuadros de Velázquez, Murillo y Goya, o de los sucesos relacionados con la muerte de del citado Don Antonio, distanciado de su familia.

El caso de don Ezequiel, nacido en una aldea y procedente de una decorosa burguesía rural, era digno de admiración. Sus tareas al lado de personajes tan complejos, desasosegados y peculiares como los Orleans debían de ser tarea muy difícil. Eran tiempos en los que la cercanía a las familias reales, aún en sus ramas secundarias, aportaba influencia, poder y, sobre todo, mucho brillo. Después de la Gran Guerra todo esto comenzó a cambiar pero en España tal situación se mantuvo unos años más. El grado de confianza del clérigo con los Orleans era tal que llegó a construir una casa en Frailes con la esperanza, creo que defraudada, de que tan ilustre y complicada familia se hospedase allí y, de paso, se beneficiase de las aguas de un balneario cercano. La casa -grande, principal y todavía conservada-  era quizás demasiado sencilla para unos infantes acostumbrados a otras grandezas y pompas a los que poco les podía atraer pasar temporadas en un pueblo de Jaén. Don Ezequiel tuvo actividades financieras, en 1933 formaba parte del Consejo de Administración de la compañía de seguros Minerva, presidido por el conde de Colombí, como asesor jurídico. Se conservan fotografías, publicadas en la prensa económica de la època, de la inauguración de la sede de dicha entidad en Madrid, en alguna aparece don Ezequiel, ya mayor, con gesto inteligente y desconfiado

La llegada de la II República debió de provocar tremendas congojas en don Ezequiel. Su mundo -católico, monárquico e incluso cortesano- se desmantelaba. No se arredró y su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos se puso en marcha. Se adivina el pragmatismo de don Ezequiel desde el primer momento. Es más, trató de congraciarse con el nuevo régimen. Frente a los tópicos al uso, ésta fue, en la medida de lo posible, la actitud de la jerarquía católica. El 16 de abril de 1931, dos días después de la caída de la Monarquía, don Ezequiel, como deán de Madrid y don Juan Aguilar Jiménez, en nombre del Cabildo Catedralicio, entregaron a don Fernando de los Ríos, ministro de Justicia, una copia del acta en la que la diócesis de Madrid-Alcalá "por unanimidad" aceptaba el nuevo régimen "cualesquiera que fueren las excitaciones belicosas que se les dirigieren en ese sentido"* Don Ezequiel llegó, incluso, a publicar en un periódico republicano un comprometido análisis del desenlace de las elecciones a Cortes constituyentes de junio de 1931** que dieron una victoria clara a las izquierdas. En su escrito atacaba sin reservas a los candidatos monárquicos, justificaba el rechazo que causaban en el pueblo "los hombres representativos del antiguo caciquismo que deshonró al país y engendró la dictadura", consideraba que las derechas habían presentado candidatos "disfrazados" de las viejas oligarquías y advertía al Gobierno que "el peor enemigo son estos reptiles escurridizos tan propicios a la metamorfosis". También ensalzaba a Lerroux, mostraba su admiración por la organización electoral de los socialistas y extraía unas "consoladoras enseñanzas", de los resultados de los comicios. Abogaba por que las Cortes adoptasen una política centrista y proponía a Gregorio Marañón como presidente de la República. Tras leer su artículo nadie pensaría que Don Ezequiel había sido hombre de la confianza de personas de sangre real o quizás mantuviese una mala opinión de Alfonso XIII precisamente por su mala relación con los Orleans. Con todo, don Ezequiel, que tanta intuición tuvo, hombre de sagacidad probada, pecó de ingenuo y es posible que de maniobrero. Ni los tiempos ni los modos eran ya los de la Restauración que tanto decía detestar y en la que él vivió sin mayores problemas. Su condición, por mucho que él lo intentase, no encajaba con el nuevo régimen. Así, fue objeto de una acusación por parte de la prensa republicana y, al parecer, del Fiscal General de la República, en 1932, por la presunta y rocambolesca desaparición de uno de los dos testamentos del infante Don Antonio de Orleans, hecho que relacionaron con un supuesto hijo natural de éste. Desconozco el final de este asunto aunque don Ezequiel negó con contundencia cualquier irregularidad al respecto**. No era la primera vez que mantenía polémicas en la prensa.

Don Ezequiel murió en Madrid el 24 de abril de 1934. Dios le ahorró vivir la Guerra Civil y conocer el asesinato de su hermano en Frailes por militantes de izquierdas. Allí se conserva su panteón, testigo de otro tiempo. 

_____________________
*Se recoge en Álvarez Tardío [et al.] "Nuevos estudios sobre la cultura política en la II República Española, 1931-1936" y en Cárcel Ortí, V. La persecución religiosa en España durante la II República (1931-1939), Rialp, 1990.
**Crisol, 7 de julio de 1931. No daba puntada sin hilo don Ezequiel, era el periódico afín a la Agrupación al Servicio de la República.
***Luz, 22 de febrero y 5 de marzo de 1932

ALONSO DE VALENZUELA

Alonso de Valenzuela fue un cofrade de la Santa Capilla que vivió entre finales del siglo XVI y el primer tercio del XVII. Casó dos veces, l...