Alonso de Valenzuela fue un cofrade de la Santa Capilla que vivió entre finales del siglo XVI y el primer tercio del XVII. Casó dos veces, la primera con doña Ana de Valdivia, hija de Alonso de Aguilar y de doña María de Valdivia; la segunda con doña María de Gormaz Messía, hija de don Luis de Gormaz y de doña Andrea del Castillo. Tuvo, al menos, tres hijos: don Blas de Valenzuela, de su primer matrimonio, y doña María de Gormaz y doña Juana de Valenzuela, del segundo. Don Alonso sobrevivió a los tres. Era, además, hermano de Juan de Valenzuela y del licenciado Pedro de Valenzuela. Conozco también el nombre de dos tías suyas, las hermanas doña María y doña Benita de la Cámara. La primera casada con Gómez Palomino, depositario general de Rentas Reales de la Ciudad de Jaén, escribano del Número y caballero veinticuatro. Alonso de Valenzuela fue asimismo veinticuatro de Jaén y también regidor perpetuo de Torredelcampo, donde contó con bienes e influencia. Poseía también el citado oficio de depositario general como sucesor de Gómez Palomino. De su trayectoria en el ejercicio de tales oficios y de sus servicios a la Ciudad escribiré, Dios mediante, en otra ocasión.
Alonso de Valenzuela residía en la calle Maestra Baja, junto al convento de Santa María de los Ángeles. Tuvo una casa más en dicha calle, junto a la Platería, que fue origen de un pleito con don Alonso Armindez, de Úbeda, que reclamaba la propiedad del inmueble. Al final, nuestro caballero, por ser siempre incierto el desenlace de los litigios, le pagó a Armíndez seiscientos reales, para que se apaciguase y así, como decían en aquellos años, pleito transigido, escribano cariacontecido. Era propietario, además, de unas casas principales y de un molino de aceite, de dos piedras y dos vigas, en Torredelcampo. A estos bienes se unían los de doña María Gormaz, entre los que se contaba una heredad en el término de la Mancha de Jaén y una casa en la colación de San Pedro, colindante con las de Antonio de Talavera y Sotomayor, escribano mayor del Cabildo municipal de Jaén. Sus rentas se completaban con los gajes de sus oficios, los réditos de varios censos, préstamos a particulares y algún que otro negocio, como aquella compañía que, según el historiador don Manuel López Molina, constituyó con Antonio Carnero, “escritor de libros”, y a la que aportó 1.500 reales. Es evidente que no era lego en cuestiones financieras y que sabía de tratos y contratos.
Como buen hermano de la Santa Capilla, fue muy devoto de la Virgen “tiniendo como tengo por mi abogada a la gloriosisima Virgen Sancta Maria Nuestra Señora, madre de mi señor Jesucristo”. Mandó en su testamento que, a su muerte, doce hermanos de San Juan de Dios lo condujesen a “la Capilla de la Limpia Concepción de Nuestra Señora sita en la Iglesia de Santo Andrés desta ciudad de que soy cofrade y con el ábito de señor San Francisco” y que allí lo enterrasen. También mandó que asistieran a su entierro doce clérigos - seis de San Bartolomé y seis de San Andrés- además del abad mayor, priores y beneficiados de la Universidad, religiosos de los conventos de la Santísima Trinidad y de San Francisco, de las Mercedes y de la Virgen Coronada, los cofrades de la Santa Veracruz y una docena de pobres con sus hachas encendidas. Alonso de Valenzuela, que supo tanto de negocios, no descuidó el de la salvación. Asunto grave ante el que lo demás -censos, compañías a pérdida o ganancia, tierras, oficios y honores- es nada.
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Ángel Aponte Marín
(Publicado en Siempre, Santa Capilla de San Andrés, Jaén, julio-diciembre de 2025)
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