martes, 4 de noviembre de 2025
PUESTOS DE VINO (1700)
miércoles, 29 de octubre de 2025
DON JUAN DE QUESADA MONROY
Don Juan de Quesada y Monroy fue cofrade de la Santa Capilla y vivió en los tiempos del Quijote y de Velázquez. Era hijo de Benito de Quesada, veinticuatro de Jaén, y de doña Antonia de Monroy. Don Juan fue también caballero veinticuatro y en 1615 perpetuó su oficio. Contó siempre con gran prestigio en la ciudad y demostró, en las ocasiones que se ofrecieron, una gran diligencia en el ejercicio de sus tareas.
Tuvo la buena fortuna de asistir a las Cortes convocadas en 1598, al comenzar el reinado de Felipe III, junto a su pariente don Cristóbal de Biedma Monroy. Los dos procuradores por Jaén presentaron al Rey un memorial muy detallado que recogía buena parte de los problemas y aspiraciones de la Ciudad. Los inicios de los reinados se vivían como el comienzo de un tiempo nuevo y siempre se solían proponer cambios y reformas que al final quedaban en nada o en muy poco. Era la época de los arbitristas, de los ingenios siempre dispuestos a aliviar los males del Reino con los más variados remedios. Los servicios de don Juan de Quesada y Monroy como procurador de Cortes le aportaron -además de los habituales gajes, ayudas de costa y mercedes- experiencia y autoridad en el seno del Cabildo municipal. También, por supuesto, el honor que la cercanía del Rey siempre deparaba. Así, en 1601, entre otros ceremoniales, formó parte de la comisión, enviada por Jaén, para dar la enhorabuena al Rey por el nacimiento de Doña Ana de Austria que sería, pasados los años, reina de Francia y madre de Luis XIV. En nuestra ciudad se organizaron grandes regocijos para festejar tan gran suceso aunque hubo que aplazarlos por el mal tiempo y por lo avanzado del otoño.
No era lego en cuestiones castrenses y esta querencia le venía de familia pues los Quesada habían sido, de siempre, buenos soldados. Ya se sabe: “en diciendo Quesada soldado es decir valentísimo”. Así lo recogió Ximénez Patón al escribir sobre el gran don Bernardino de Quesada. Don Juan de Quesada y Monroy fue capitán de infantería y en 1597 se puso al frente de una compañía, formada por doscientos soldados de Jaén, para rechazar un posible ataque inglés contra Sevilla o Cádiz. El veinticuatro Antonio de Leyva, que lo acompañó, se puso al frente de la caballería. Otra prueba de sus conocimientos militares es el proyecto que presentó a las Cortes para reformar y revitalizar la caballería de cuantía, herencia de los tiempos de la frontera. Desde 1601 fue alcaide de las fortalezas de Cambil y Alhabar, que restauró y donde además mandó labrar una capilla y dotarla debidamente. Consiguió, por sus desvelos en la Corte, que dicha alcaidía fuese siempre ejercida, de manera directa o mediante un teniente, por un caballero veinticuatro de Jaén y, de esta manera, evitar su venta a algún particular en un tiempo en el que se hacía almoneda con todo tipo de cargos, jurisdicciones y oficios públicos. También se opuso a que dicha alcaidía fuese desempeñada por los jurados que, en aquellos años, pretendían obtener más y mayores preeminencias en el gobierno de la Ciudad. Don Juan de Quesada y Monroy fue, asimismo, corregidor de Mata Bejid donde había una fortificación y un calabozo, supongo que bastante lóbrego, para poner a buen recaudo a los que talaban, roturaban o carboneaban en la dehesa sin las pertinentes licencias. Menos afortunado fue su paso por la judicatura de millones, en 1612, junto a don Pedro de Gámiz Saavedra, con el que estaba emparentado. Los dos, por embrollos contables y ciertas diferencias con el Consejo de Hacienda, fueron encarcelados aunque por poco tiempo. En aquellos años no era difícil acabar en la Cárcel Real o bajo arresto domiciliario cuando las cuentas y arqueos no cuadraban o los corregidores perdían la paciencia. Nuestro hermano, el caballero don Juan de Quesada y Monroy, murió octogenario en el infeliz año de 1640. Lo enterraron en San Ildefonso.
(Ángel Aponte Marín, Siempre, Boletín de la Santa Capilla de San Andrés, Jaén, mayo de 2022)
jueves, 23 de octubre de 2025
VENTA DE AGUARDIENTE (1749)
El aguardiente era un producto de consumo general. En Jaén, a mediados del siglo XVIII, había al menos diez puestos en los que se despachaba tal bebida, la mitad de éstos regentados por mujeres. Eran los siguientes:
Calle de la Custodia, a cargo de María de Castro.
Caños de San Pedro: a cargo de Leonor de Vico.
Puentezuela: a cargo de Francisco de Cárdenas.
Los Morales: a cargo de Francisco Callejón.
Pastelerías: a cargo de Francisco de Archillas.
Junto a la Ermita de San Antonio de Padua: a cargo de Elena de Archillas.
Callejuela del Baño: a cargo de doña Ana Ladrón.
Espartería: a cargo de María Antonia González.
Plaza del Mercado: en la que despachaba Juan Palacios.
Fontanilla: a cargo de Luisa Colorado.
Por la concesión de las correspondientes licencias para vender "aguardiente y demás licores" estos vecinos pagaban al Concejo 5.918 reales. El aguardiente estaba, además, sujeto a determinados impuestos que estaban arrendados a don Francisco de Llamas, don Fernando Téllez, Francisco Caballo y, como fiador, don Francisco de Andújar. Junto a los citados puestos había un número indeterminado de cosecheros eclesiásticos, tanto seculares como regulares, que vendían aguardiente en sus casas.
sábado, 30 de agosto de 2025
TABACO DEL BRASIL (1765)
lunes, 10 de junio de 2024
DON GASPAR VÉLEZ DE MENDOZA Y ARQUELLADA
Don Gaspar Vélez de Mendoza fue veinticuatro de Jaén y gobernador de la Santa Capilla. Nació hacia 1570 y, según don Enrique Toral, era hijo de un capitán de los Tercios llamado Miguel Jerónimo de Mendoza y de doña Catalina de Quesada y Covaleda. La tradición militar le venía de los días de la frontera pues descendía del capitán García de Jaén. Casó en Linares con doña Mayor de Corvera Dávalos y tuvo una hija, llamada doña Catalina, dotada por la Santa Capilla y que contrajo matrimonio con un pariente, nada menos que con don Alonso Vélez Anaya y Mendoza, veinticuatro de gran fama, del hábito de Santiago y gobernador de la Institución. Nuestro caballero fue, además, primo de doña María de Mendoza, fundador de un patronato en la Santa Capilla en 1640.
Don Gaspar militó en una liga formada por los caballeros más críticos con la política fiscal de la Corona y que un corregidor de Jaén calificó como “los más duros y tenaces”. Algunos fueron cofrades de la Santa Capilla e incluso la gobernaron como fue el caso de don Ambrosio Suárez del Águila, don Antonio Fernández de Biedma y don Fernando Castrillo de Mendoza. Así, en 1598, cuando se procedió a votar en el Cabildo municipal el servicio de los 500 cuentos (un cuento era un millón de maravedíes), el corregidor don Antonio de Vega, maniobró para neutralizar a los caballeros que consideraban que ya estaba bien de impuestos, entre los que estaba don Gaspar, y convenció a don Bernardo de Sandoval y Rojas, obispo de Jaén, para que los llamase a capítulo, uno a uno, les leyese la cartilla y entrasen en razón. No era asunto menor ni cosa ligera ser convocado por un obispo del siglo XVI, acceder a sus estancias y, una vez allí, mantenerse firme bajo una lluvia de admoniciones y argumentos, todos bien trabados, sobre la conveniencia de conceder lo pedido por el Rey. A pesar de que el Obispo les apretó, parece que aguantaron bien. El Corregidor, para impedir que votasen y pudieran soliviantar al resto de los caballeros, decidió alejarlos de Jaén o ponerlos a buen recaudo. A unos los envió a Huelma, con el pretexto de perseguir ciertas talas ilegales, y a otros, en concreto a don Antonio Fernández de Biedma y a don Gaspar Vélez de Mendoza, los mandó encarcelar. A pesar de todo, no quedó nuestro caballero ni intimidado ni impresionado pues en 1600 don Gaspar se opuso al servicio de los 18 millones, que gravaba los precios del aceite y el vino, por ser “mucha carga para los pobres que son los que lo compran por menudo y que han de cargar la mayor parte sobre ellos”. No le faltaba razón ya que los poderosos estaban sobrados de lo uno y de lo otro gracias a sus haciendas y labranzas. En 1602, no sabemos si por hartura o necesidad, renunció a la veinticuatría. Años después, en 1609, fue elegido gobernador de la Santa Capilla.
(Ángel Aponte Marín, Siempre, Santa Capilla de San Andrés, núm. 21, junio de 2024.)
viernes, 26 de abril de 2024
DON ALFONSO MONGE AVELLANEDA
(Imagen: Creative Commons Reconocimiento 3.0. Información obtenida del Portal de la Junta de Andalucía, Biblioteca Digital Andaluza. Procede de Don Lope de Sosa, 1915, p. 121, abril, 1915)
Nació en 1876, el año en que se aprobó la Constitución de Cánovas. Me pregunto si lo bautizaron con ese nombre en honor a Alfonso XII. Era natural de Pozo Alcón y, si bien nunca olvidó su origen, su vida estuvo unida a Jaén donde vivió en las calles Abades, Camarín de Jesús y Martínez Molina. Por su biografía, deduzco que fue un hombre inquieto, muy sociable, despejado y de probada capacidad de superación. Gracias a estas cualidades y a una formación ganada a pulso, ocupó puestos de relevancia en la sociedad giennense de la Restauración. Fue socio fundador del Tiro Nacional, directivo de la Cruz Roja, presidente del Casino de Artesanos, miembro de la Junta Provincial de Turismo y vocal del Patronato Nacional de Turismo, directivo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País y miembro de la Asociación de la Prensa de Jaén que presidió en 1926 y 1935; fue asimismo alcalde de Jaén en 1916, presidente de la Diputación en 1929 y gobernador de la Santa Capilla en 1922-1923. Militó en el Partido Conservador y, llegado el momento, apoyó la dictadura de Primo de Rivera, etapa en la que, como he indicado, fue nombrado presidente de la Diputación Provincial y, durante un breve período, en 1927, componente de la Asamblea Nacional. Durante la II República, cuando vinieron tiempos difíciles, mantuvo sus convicciones monárquicas y fue seguidor de José Calvo Sotelo.
Contó con muchos amigos, participó en innumerables banquetes, homenajes y saraos, viajó con frecuencia a Granada y Madrid y tuvo, asimismo, aficiones literarias y firmaba sus artículos con el pseudónimo de Asmodeo. Representó lo mejor de la alegría de vivir de la Restauración. Francisco Villaespesa le dedicó un poema, decadente y un poco macabro, titulado ‘Presentimiento’ que comenzaba: Ya pronto moriré, tiembla mi pecho / como agónica lámpara la vida./ Cuando mi cuerpo rígido se hiele / y se vidrie el cristal de mis pupilas,/ cubre mi rostro con aquel pañuelo /- blanco sudario de pasadas dichas-/ Que enjugó tantas veces nuestras lágrimas / en la noche fatal de mi partida”. Dios sabe lo que pasaría por la cabeza de don Alfonso, al que imagino tan jovial, cuando recordase versos tan agoreros. Quizás, de vuelta a su casa, por las calles de aquel Jaén de los años veinte y treinta, al caer la tarde o ya de noche cerrada, cavilaba resignado sobre este trago que a todos nos aguarda. Murió en 1935.
(Ángel Aponte Marín, Siempre, Santa Capilla de San Andrés, núm. 20, marzo de 2024)
jueves, 1 de febrero de 2024
DON MANUEL SAGRISTA Y NADAL
Desde su retrato conservado en San Andrés, camino de la Sala de Cabildos, don Manuel Sagrista y Nadal nos contempla desde la lejanía de su tiempo. Sedente, bien derecho, con el gesto serio y la mirada escrutadora del que sabe mucho de cuentas, negocios y política. Sostiene un papel en el que aparecen escritas las palabras “Por mi Dios, mi Rey y mi Patria”. De su condición de católico poco tenemos que decir pues más que probada está. De su filiación monárquica sí podemos matizar algunos detalles que consideramos de importancia. ¿A qué rey se refería don Manuel? , ¿a cuál rendía su fidelidad de buen vasallo?, ¿era quizás Fernando VII bajo cuyo reinado vivió su juventud?. No lo creemos. ¿ O era Don Carlos María Isidro?. Es evidente que, de acuerdo con lo escrito en dicha nota, debemos excluir a Isabel II.
Conocemos algunos datos de la biografía de don Manuel Sagrista y Nadal gracias a la semblanza publicada en Siempre, en el último trimestre de 1994. Nació en 1794 en Manresa, en una familia entre hidalga y burguesa. Pensamos que don Manuel tenía madera de tradicionalista, de gran reaccionario, tanto por su origen manresano, en cuya comarca eran muchos los que, cargados de agravios, querían coronar al infante Don Carlos María Isidro antes de la muerte de Fernando VII, como por su formación en Francia, todavía napoleónica o recién salida del Imperio, donde los realistas eran legión. No nos resulta, por tanto, extraño el lema que aparece en su retrato, ni que al llegar al poder don Baldomero Espartero en 1840, fuese perseguido y depurado por sus posiciones políticas. No fue la única ocasión en que don Manuel soportó la incierta situación de la cesantía. Estamos seguros que sus recursos y agencias le permitirían salir adelante, con mayor o menor soltura. Estaba, además, bien integrado en la burguesía giennense, por su matrimonio con doña Florentina de Bonilla y Salido, y contaba con buenas relaciones dentro y fuera de España gracias a su compañía, domiciliada en la calle Llana, número 13.
Don Manuel Sagrista estuvo por tanto situado entre el moderantismo más tradicionalista y el carlismo al que al final se adhirió. Fue apoderado de La España, que daba voz al duque de Riánsares, intrigante a más no poder y marido de Doña María Cristina, donde escribieron Donoso Cortés y nuestro Muñoz Garnica al que por fuerza conoció don Manuel. Además, a mediados de la década de los cuarenta, velaba en Jaén por los intereses de La Esperanza, periódico católico monárquico que con el tiempo se convertiría en uno de los principales órganos de expresión del legitimismo. Es posible que don Manuel se aferrase a la Causa, sin perjuicio de sus antecedentes familiares, por considerarla el último recurso frente a la revolución. No fue caso raro e infrecuente en el moderantismo más conservador. Más adelante, ya en 1870, y al borde del levantamiento armado de los carlistas, encontramos, como miembro de la Junta Católico Monárquica de Jaén, a don José Sagrista. Creemos que puede tratarse de su hijo.
En la semblanza publicada en nuestro boletín en 1994, consta que ingresó en la Santa Capilla en 1820. Fue miembro de su parentela, gobernador en 1854, 1857 y 1858 y administrador entre 1860 y 1864. Siempre será recordado, con toda justicia, por librar a la Santa Capilla de San Andrés de los rigores desamortizadores. Este proceso ha sido estudiado con todo rigor por doña María Amparo López Arandia. Don Manuel, hombre muy fogueado, de gran experiencia en cuestiones contables y administrativas, supo defender con sagacidad y razones los intereses de la Institución. En las negociaciones con la Administración, y en concreto en la reunión del 31 de enero de 1857, estuvo presente don Enrique Antonio Berro y Román, administrador de Hacienda Pública y destacado moderado que, años antes, compartió con Sagrista y Nadal las persecuciones esparteristas. Sería interesante conocer hasta qué punto pudo influir esta vieja relación -una más en la política isabelina en Jaén- en la decisión de dejar en paz a la Santa Capilla. Por cierto los dos, don Manuel y don Enrique, murieron en 1870. Un asunto mucho más serio que las intrigas y censantías padecidas. De las opiniones de don José Sagrista y Nadal respecto a los procesos desamortizadores nos ocuparemos, si Dios quiere, en otra ocasión.
(Ángel Aponte Marín, Siempre, Santa Capilla de San Andrés, núm. 5, junio de 2021)
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