jueves, 11 de febrero de 2016

MAESTROS PARA MANCHA REAL (1816)

En el Diario de Avisos de Madrid, del doce de noviembre de 1816, se informaba de la existencia de una vacante de maestro de primeras letras en Mancha Real. El puesto contaba con una dotación de 260 ducados anuales "y lo que estipule con los padres de los niños pudientes". Sin ser un sueldo muy alto, suponía más del doble de lo percibido por un jornalero del campo durante nueve meses de trabajo continuo, sin contar lo aportado por los alumnos de pago. Se advertía que "el que quiera hacer pretensión a dicho magisterio ha de estar aprobado por el Consejo  [de Castilla]" y se indicaba que todo aspirante podía presentar "su memorial al ayuntamiento de dicha villa, o a su apoderado en esta Corte D. Luis Bartolomé Calvo" que, por cierto, vivía en la calle del Pez, número 3, cuarto principal*.
_______________
*Bueno es saber que al currículum se le llamaba memorial.

sábado, 6 de febrero de 2016

DOS CABALLOS DE LOS CONDES DE LAS ALMENAS



El primero, que aparece en la ilustración, perteneció a don José María de Palacio, conde de las Almenas. Se llamaba Castellano era de raza andaluza, tordo y con "once dedos sobre la marca". Lo destinaron a las caballerizas reales para su uso como montura y tiro. Esta condición de caballo palaciego y de casa grande le costó ser subastado cuando llegó la I República. Otro caballo memorable fue Impresor, adquirido por don Francisco Javier de Palacio, también conde de las Almenas e hijo del anterior. La caballería tenía seis años, procedía de la ganadería de los Guerrero, de Jerez, y medía doce dedos de altura. Ganó dos menciones honoríficas, en 1880 y 1881, en exposiciones de ganados en Sevilla además del premio extraordinario en la celebrada en Madrid, también en 1881. Don Francisco Javier de Palacio, muy preocupado por los asuntos agropecuarios, pensaba emplear al caballo como semental. Por las alabanzas que le prodigó la prensa especialiada, debió de ser un ejemplar de categoría y valor.


martes, 2 de febrero de 2016

LOS HIJOS DEL CONDE DE VILLARDOMPARDO

Don Fernando de Torres y Portugal, I conde de Villardompardo, fue un aristócrata giennense que llegó a mucho, nada menos que a virrey del Perú. Vivió en los tiempos de Felipe II y tuvo muchos hijos, unas dos decenas. Hubo, entre ellos, soldados que estuvieron en Lepanto, Flandes y en la jornada de la Isla Tercera y alguno que participó en hechos de armas contra los corsarios ingleses. Sirvieron bien a su Rey y al buen nombre de su Casa. El Conde tuvo, además, un hijo franciscano y otro jesuita.  Son un buen ejemplo de las elites españolas de aquellos siglos en los que la Monarquía católica regía dos mundos. Sobre estos personajes, ya olvidados, escribí hace unos años una entrada en Retablo de la Vida Antigua. http://retablodelavidaantigua.blogspot.com.es/2010/11/aristocratas.html

domingo, 31 de enero de 2016

PAVOS ENVENENADOS EN OTIÑAR (1884)


El último domingo de junio del año 1884 en Otiñar (Jaén) perecieron envenenados veintiseis pavos y un gallo. Los vecinos, que no estaban los tiempos para remilgos, se distribuyeron las aves y en una casa decidieron preparar un guisado de pavo. No era mal condumio en aquellos tiempos de poca abundancia. Un pavo, a seis meses de las Pascuas, era un plato difícil de rechazar. El júbilo, sin embargo, se trocó en espanto cuando una mujer comenzó a sentir síntomas de envenenamiento tras tan abundante almuerzo. Pensaban que se moría y los vecinos se daban golpes de pecho. "Se ha logrado evitar una gran catástrofe", informaba El Globo del cuatro de julio de dicho año. No dicen los periódicos que acabase el asunto en males mayores y parece que, afortunadamente, todo quedó en nada. La muerte de las aves debió de ser accidental al ingerir éstas algún tipo de veneno de los que se utilizaban en aquellos tiempos para matar zorros, hurones y otras especies.
___________________

*El pavo de la fotografía, aunque antiguo, no es de los de Otiñar sino de otros pagos.

miércoles, 27 de enero de 2016

LOS NEGOCIOS DEL ERMITAÑO DE NUESTRA DE LINAREJOS

Hace unos años escribí sobre un ermitaño del santuario de Nuestra Señora de Linarejos, situado en Linares, provincia de Jaén*. Se llamaba Pedro Luque Butrón, era natural de Estepa, Reino de Sevilla, e hijo de Bartolomé Luque Butrón y de María Calderón. Vivió en la segunda mitad del siglo XVII y durante los primeros años del XVIII. En 1709 testó ante el correspondiente escribano y dijo, con ejemplar conformidad, estar postrado "en cama de la enfermedad que Dios Nuestro Señor me ha servido me dar". Decía ser mozo -que era el nombre que se daba a los solteros- de más de sesenta años. Reconocía haber recibido, en su enfermedad, los cuidados de una terciaria franciscana llamada Damiana Laguna. Además de las habituales mandas piadosas, propias de los testamentos de la época, el ermitaño daba cuenta y razón de ciertas actividades no muy adecuadas para la vida eremítica. Pedro Luque no sólo rezaba, tañía campanas, barría y mantenía, con presumible decoro y cuidado, la ermita sino que también prestaba dinero.

En su testamento incluyó una nutrida nómina de deudores. En general se trataba de sumas modestas y medianas; desde los 15 reales de a ocho a los 500 reales de vellón, cantidad que le adeudaba don Juan Pessoa, probablemente de ascendencia portuguesa y judeoconversa, relacionado con el tráfico de plomo y la fabricación de alcohol, muy propio del Linares de aquellos años. La mayoría de los préstamos se limitaba a pequeñas transacciones realizadas con trajinantes y arrieros. Es seguro que cobraba algún interés a cambio aunque lo normal en la época era encubrir la operación como una acción desinteresada y ajena a cualquier intención lucrativa. El préstamo con interés se consideraba logro o usura, una práctica perseguida, mal vista y, además, condenada por la Iglesia. 

El ermitaño se manejaba muy bien con la gran variedad de monedas en circulación -vellón de distintas calidades, maravedíes, reales, ducados y escudos- muestra del desbarajuste monetario de la época. Aunque a una escala modesta, el santero de Linarejos contribuía a la economía local facilitando liquidez a los que carecían de ésta. No había sistema financiero ni bancos, ni otro recurso que recurrir a pequeños prestamistas para salir de apuros. Las garantías de devolución, muy precarias, se compensaban con intereses muy altos. Pedro Luque complementaba sus finanzas con unas discretas inversiones. En su testamento menciona una partida de 3.078 reales de vellón confiada a un vecino de Linares llamado Andrés Mosquera Tenorio, hombre de apellidos influyentes en la comarca.

El ermitaño quizás tenía sus escrúpulos de conciencia pues, como decíamos, tanto negocio no era ocupación muy acorde con su ministerio. Es posible que pretendiese restituir ganancias de dudosa licitud cuando decidió declarar "por mi única y universal heredera" a Nuestra Señora de Linarejos. Los bienes del testador se emplearían, tras su muerte, en el mantenimiento del santuario y obras piadosas. Si esto no era posible, mandó que su patrimonio pasase a disposición de los franciscanos del convento de San Francisco de Linares. A su manera, Pedro Luque -ermitaño y natural de Estepa- desmentía lo afirmado por Max Weber. Nadie podrá decir que, al menos en este caso, el catolicismo fue incompatible con el capitalismo.
______________________




LADRONES DE GANADO EN EL SIGLO XVIII

En el Jaén de los siglos XVII y XVIII eran más frecuentes los casos de violencia, incluso con resultado de muerte, que los robos. Este hecho puede deberse a un arraigado respeto a la propiedad privada pero también a la severidad de las leyes que castigaban hurtos y robos. Las estocadas se tenían en cosa de poca importancia, si todo quedaba en unas heridas, e incluso las muertes se arreglaban concertando perdones y compensaciones económicas a las partes perjudicadas. No significaba, sin embargo, que los ladrones fuesen inexistentes. Tras repasar mis notas de archivo*, encuentro varios casos procedentes de protocolos notariales ocurridos entre 1760 y 1782.

En 1769, don Juan Alonso de los Ríos denunció el robo de  medio centenar de cerdos, descritos como reses "grandes y pequeñas" que pastaban en el término de Campotéjar, en Granada pero muy cerca de Jaén. Al parecer, algunas habían sido localizadas en Noalejo. En ese mismo año, el conde del Donadío puso en conocimiento de la Justicia el hurto de unas vacas. Al año siguiente fue apresado Cristóbal de Navas por su relación con el caso y "la sustrazión, ocultación, muerte, benta [...] de las reses bacunas" de tan linajudo propietario. En 1770, Pedro de Cuevas estaba en la Cárcel Real por "supuesta extracción de ganados cabríos".  En 1771, don Ignacio de Sanmartín Covaleda, fue víctima de un hurto de ganado lanar e informó al correspondiente escribano de la captura de los receptadores de las reses, llamados Joaquín Manjón y Fernando de Ortega, vecinos de Jaén. En 1777, hubo un robo de ganado aunque no en despoblado sino en las afueras de Jaén, así una escritura menciona la "substracción de tres carneros de un corral que se halla junto a la Puerta Barrera de esta dicha ciudad". Fue culpado del hecho un vecino llamado Joaquín Castillo al que le intervinieron "cierta llave, partido un hoyo y dádole el nombre de ganzúa". En 1781 un individuo llamado Salvador Ruiz fue acusado de robar un cerdo y al año siguiente fue capturado y culpado del robo de ganado vacuno. Fue condenado a servir en los presidios de África, donde se encontraba en 1782.

La inseguridad en el campo queda de manifiesto en los casos de asaltos y escalamientos en cortijos y caserías. En 1771, Luis de Molina fue acusado de robar trigo y cebada en un cortijo del pago de Cuevas. Un año antes, Cristóbal de Aranda, vecino de Jaén, declaró que "allándose de maestro de molino harinero en el que llaman de Valparaíso El Alto, yendo a él encontró la nobedad de aber escalado la casa y de ella extraído diferentes piezas de herramientas y sobre su paradero a practicado varias diligencias [...] resultando de ellas algunas personas reas".

____________
*Archivo Histórico Provincial de Jaén, legajo 1.949, fol. 239, (1769), legajo 2.146, folio 21, (1769-1770). Ibíd., legajo 2.144, folios 58, 67 y 71 (1771), 2.161, fol. 292. (1777), legajo 2.144, folios 70 y 164 (1770), legajo 2.212, folios 38 y 58 (1781-1782)

lunes, 18 de enero de 2016

EL ARCIPRESTE DON EZEQUIEL MUDARRA

Don Ezequiel Mudarra Romero (1867-1934)

Nació en abril de 1867 en Charilla, una aldea de Alcalá la Real, al sur de la provincia de Jaén. No era un lugar desde el que fuese fácil iniciar una gran carrera pero sus indudables cualidades intelectuales, además del oportuno parentesco con don Prudencio Mudarra Párraga -su tío, marqués consorte de Campoameno, diputado a Cortes y rector de la Universidad de Sevilla- le permitieron ocupar una posición notable en su tiempo y de gran relevancia entre los suyos. La historia de don Ezequiel bien podría haber sido la de un hombre de siglos anteriores. Todavía, incluso, en la España de la Restauración, la carrera eclesiástica, la condición de jurista, las armas, la administración o la Corte eran los caminos habituales para la promoción personal y social. Don Ezequiel eligió el sacerdocio aunque, como veremos, fue también letrado, capellán castrense, secretario y, a su manera, cortesano.

Don Ezequiel se formó en los seminarios de San Felipe Neri de Baeza y de San Cecilio en Granada. En 1891, con veinticuatro años, era ya presbítero. Hizo una buena carrera eclesiástica y, podríamos decir, mundana gracias a su preparación intelectual y sus buenas relaciones. Tenía varios títulos académicos: bachiller en Artes, licenciado en Teología, en Filosofía y Letras y en Derecho. La relación de asignaturas que estudió y superó durante su época estudiantil  no deja de producir asombro y desmiente el tópico de un clero mal preparado. Ejerció, además, como catedrático de Literatura en el Seminario de Jaén, entre 1892 y 1896, y como auxiliar de una cátedra de Instituto en Sevilla. Dentro de la carrera eclesiástica, fue capellán castrense y capellán del Hospital Militar de Santa Cruz de Tenerife en 1895. Opositó y ganó una canonjía en de la Iglesia Magistral del Sacromonte de Granada. En 1906 era ya beneficiado de la Catedral de Sevilla, en 1909 obtuvo otro beneficio en Madrid, en 1916 ascendió al arciprestazgo de Sevilla y en 1928 alcanzó la dignidad de deán de Madrid.

Aunque tales prebendas no eran asunto menor, unos de los cometidos más sobresalientes de don Ezequiel fue su condición de secretario particular de la infanta Doña Eulalia de Borbón, hija de Isabel II, casada con Don Antonio de Orleans, y de sus hijos los infantes Don Alfonso y Don Luis de Orleans. Era un hombre especialmente valioso pues su formación le permitía ser, al mismo tiempo, confesor, director espiritual, secretario, apoderado y, por su condición de abogado, colegiado en Sevilla y Madrid, consejero legal. Don Ezequiel acompañaba a los infantes en sus viajes, bien a Madrid o a Sanlúcar, los recibía a su vuelta de Inglaterra, o cuidaba de ellos cuando Doña Eulalia estaba de viaje. También contó con la confianza de la infanta Doña Beatriz de Sajonia-Coburgo-Gotha, casada con Don Alfonso de Orleans. La cercanía de don Ezequiel fue decisiva momentos especialmente delicados, como cuando acompañó a Don Alfonso, en 1919, al traspaso del Palacio de su padre, Don Antonio de Orleans, en Sanlúcar, y a la verificación del inventario de numerosas y valiosas obras de arte que allí había, incluidos cuadros de Velázquez, Murillo y Goya, o de los sucesos relacionados con la muerte de del citado Don Antonio, distanciado de su familia.

El caso de don Ezequiel, nacido en una aldea y procedente de una decorosa burguesía rural, era digno de admiración. Sus tareas al lado de personajes tan complejos, desasosegados y peculiares como los Orleans debían de ser tarea muy difícil. Eran tiempos en los que la cercanía a las familias reales, aún en sus ramas secundarias, aportaba influencia, poder y, sobre todo, mucho brillo. Después de la Gran Guerra todo esto comenzó a cambiar pero en España tal situación se mantuvo unos años más. El grado de confianza del clérigo con los Orleans era tal que llegó a construir una casa en Frailes con la esperanza, creo que defraudada, de que tan ilustre y complicada familia se hospedase allí y, de paso, se beneficiase de las aguas de un balneario cercano. La casa -grande, principal y todavía conservada-  era quizás demasiado sencilla para unos infantes acostumbrados a otras grandezas y pompas a los que poco les podía atraer pasar temporadas en un pueblo de Jaén. Don Ezequiel tuvo actividades financieras, en 1933 formaba parte del Consejo de Administración de la compañía de seguros Minerva, presidido por el conde de Colombí, como asesor jurídico. Se conservan fotografías, publicadas en la prensa económica de la època, de la inauguración de la sede de dicha entidad en Madrid, en alguna aparece don Ezequiel, ya mayor, con gesto inteligente y desconfiado

La llegada de la II República debió de provocar tremendas congojas en don Ezequiel. Su mundo -católico, monárquico e incluso cortesano- se desmantelaba. No se arredró y su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos se puso en marcha. Se adivina el pragmatismo de don Ezequiel desde el primer momento. Es más, trató de congraciarse con el nuevo régimen. Frente a los tópicos al uso, ésta fue, en la medida de lo posible, la actitud de la jerarquía católica. El 16 de abril de 1931, dos días después de la caída de la Monarquía, don Ezequiel, como deán de Madrid y don Juan Aguilar Jiménez, en nombre del Cabildo Catedralicio, entregaron a don Fernando de los Ríos, ministro de Justicia, una copia del acta en la que la diócesis de Madrid-Alcalá "por unanimidad" aceptaba el nuevo régimen "cualesquiera que fueren las excitaciones belicosas que se les dirigieren en ese sentido"* Don Ezequiel llegó, incluso, a publicar en un periódico republicano un comprometido análisis del desenlace de las elecciones a Cortes constituyentes de junio de 1931** que dieron una victoria clara a las izquierdas. En su escrito atacaba sin reservas a los candidatos monárquicos, justificaba el rechazo que causaban en el pueblo "los hombres representativos del antiguo caciquismo que deshonró al país y engendró la dictadura", consideraba que las derechas habían presentado candidatos "disfrazados" de las viejas oligarquías y advertía al Gobierno que "el peor enemigo son estos reptiles escurridizos tan propicios a la metamorfosis". También ensalzaba a Lerroux, mostraba su admiración por la organización electoral de los socialistas y extraía unas "consoladoras enseñanzas", de los resultados de los comicios. Abogaba por que las Cortes adoptasen una política centrista y proponía a Gregorio Marañón como presidente de la República. Tras leer su artículo nadie pensaría que Don Ezequiel había sido hombre de la confianza de personas de sangre real o quizás mantuviese una mala opinión de Alfonso XIII precisamente por su mala relación con los Orleans. Con todo, don Ezequiel, que tanta intuición tuvo, hombre de sagacidad probada, pecó de ingenuo y es posible que de maniobrero. Ni los tiempos ni los modos eran ya los de la Restauración que tanto decía detestar y en la que él vivió sin mayores problemas. Su condición, por mucho que él lo intentase, no encajaba con el nuevo régimen. Así, fue objeto de una acusación por parte de la prensa republicana y, al parecer, del Fiscal General de la República, en 1932, por la presunta y rocambolesca desaparición de uno de los dos testamentos del infante Don Antonio de Orleans, hecho que relacionaron con un supuesto hijo natural de éste. Desconozco el final de este asunto aunque don Ezequiel negó con contundencia cualquier irregularidad al respecto**. No era la primera vez que mantenía polémicas en la prensa.

Don Ezequiel murió en Madrid el 24 de abril de 1934. Dios le ahorró vivir la Guerra Civil y conocer el asesinato de su hermano en Frailes por militantes de izquierdas. Allí se conserva su panteón, testigo de otro tiempo. 

_____________________
*Se recoge en Álvarez Tardío [et al.] "Nuevos estudios sobre la cultura política en la II República Española, 1931-1936" y en Cárcel Ortí, V. La persecución religiosa en España durante la II República (1931-1939), Rialp, 1990.
**Crisol, 7 de julio de 1931. No daba puntada sin hilo don Ezequiel, era el periódico afín a la Agrupación al Servicio de la República.
***Luz, 22 de febrero y 5 de marzo de 1932

ALONSO DE VALENZUELA

Alonso de Valenzuela fue un cofrade de la Santa Capilla que vivió entre finales del siglo XVI y el primer tercio del XVII. Casó dos veces, l...