La reglamentación y el intervencionismo municipal podían ser muy severos. No era prudente tomarlos a la ligera. Bien lo supo María de Narváez, perseguida "en razón y diciendo aber muerto un marrano y dar de comer en su casa siendo como es taberna donde se vende vino." Así eran las cosas. Para comer estaban los figones y los puestos callejeros, no las tabernas. Los desvelos que María Narváez puso en la compra y crianza del cerdo -su ruidoso sacrificio, la elaboración de longanizas y otras golosinas, sus perspectivas de beneficio- quedaron en nada ante la implacabilidad de las ordenanzas concejiles. ¿Qué mal había en servir un platillo junto a un azumbre de vino?. Sospecho que si la tabernera hubiese sabido argumentar por escrito sus convicciones, se habría adelantado siglo y medio a Adam Smith.
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