Don Cristóbal Cerón y Armíndez estaba en la Cárcel Real de Jaén en 1624. Tenía diecisiete años y era hijo de don Pedro Cerón. Era de una familia hidalga de la que formaron parte caballeros de hábito y regidores. El encarcelado había matado a un cerrajero llamado Matías González a causa de una herida en la cabeza. La viuda, Melchora de los Reyes, perdonó al acusado a cambio de 300 ducados. Como veremos en distintos casos, era ésta una práctica frecuente, tanto para delitos graves como para otros de menor fuste. El caso que cito pasó ante el escribano Marcos de Ortega.
domingo, 3 de julio de 2016
martes, 31 de mayo de 2016
LOS ESCRIBANOS Y EL VISITADOR (1644)
Una de las peores noticias que podía recibir un escribano del siglo XVII era la inminencia de la llegada de un visitador. Los escribanos, siempre sospechosos de toda clase de irregularidades, trapisondas y demás triquiñuelas temían estas inspecciones y hacían lo posible para aplazarlas bajo los más variados pretextos. Si había que pagar un donativo a la Real Hacienda se pagaba y el visitador podía quedarse en su despacho para mejor ocasión. Hubo concejos que, a iniciativa de los escribanos, compraron a la Corona el privilegio de no ser sometidos a visitas. Este hecho, según Campomanes, llevó a que muchos escribanos, al considerarse libres de cualquier fiscalización, cometiesen todo tipo de abusos, en especial los excesos en la cobranza de derechos y los cohechos. La Corona se vio obligada, con todo dolor, a devolver el dinero recibido y a dejar sin efecto tales exenciones. Los escribanos de Jaén que, en alguna que otra ocasión, eludieron estos controles, fueron visitados por el licenciado Ayala Manrique entre 1643 y1644. Antaño, según el ya citado Campomanes, estas pesquisas hacían temblar a los inspeccionados pero a mediados del XVII las cosas parece que se habían templado algo. Así, el Cabildo municipal de Jaén, del que dependían las escribanías del Número, quedó gratamente impresionado por diligencia -o la manga ancha- del visitador. En febrero de 1644, alabó "la aprovazión, rectitud y buen exemplo con que a prozedido [...] administrando justicia a las partes, visitando los rexistros y papeles de dichos escribanos y los de su jurisdicción y villas eximidas con tanto desvelo y cuidado que es fama pública, así de los caballeros y gente noble como de los religiosos y personas particulares, que es ministro tan cristiano y tan atento de quien se Su Magestad puede fiar negocios maiores de su real servicio". Ir por todas las escribanías de Jaén y de no pocos pueblos, tratando con profesionales de tan probada astucia no era tarea ligera aunque, a veces, el visitador podía convocar a los escribanos para que le llevasen, al lugar que él dispusiese, sus libros y legajos. No bastando los elogios mencionados, el Cabildo decidió escribir cartas a su favor y enviarlas "donde proceda" y, por supuesto, al Consejo de Castilla.
jueves, 26 de mayo de 2016
A VUELTAS CON EL VELLÓN (1628)
He publicado en Retablo de la Vida Antigua dos entradas sobre la política monetaria de Felipe IV y, en particular, sobre la bajada del vellón en 1628. Fue una medida deflacionaria muy controvertida que provocó desconfianza y estupor en todos los estamentos. Imaginemos que, de la noche a la mañana, resellasen los billetes de cada uno, pocos o muchos, y pasesen a contar con la mitad de su valor nominal. El desasosiego sería general por mucho que nos explicasen las bondades de la medida. Antes de ser puesta en vigor de esta decisión, la Corona consultó su parecer a las ciudades con voto en Cortes y a otros cabildos municipales de especial relevancia. En el de Jaén hubo debates muy sensatos y apasionados sobre el asunto. En la referida entrada doy cuenta de las intervenciones de Alonso de Valenzuela, don Pedro de Biedma, don Jorge de Contreras Torres y don Íñigo de Córdoba y Mendoza. Invito al lector de Historia Giennense a que, si así lo considera, lea las graves consideraciones de los citados caballeros veinticuatro.
miércoles, 18 de mayo de 2016
NICOLÁS DE RIBERA
Nicolás de Ribera fue un jurado de Jaén. No era hombre de gran linaje ni creo que le interesase demasiado darle vueltas a papeles y genealogías. Casó con doña Francisca de Córdoba. Vivió en la colación de San Juan. Sus rentas las obtenía de unas casas y tiendas que arrendaba en la calle Maestra Baja. También despachaba sus granjerías y préstamos. En su testamento dejó escrito: "ytem declaramos que nos deben muchas partidas de maravedíes por muchas personas". Tenía, eso sí, unos censos por los que debía pagar los correspondientes réditos al conde de Villardompardo y a don Miguel de Mendoza, vecino de Andújar. Tuvo, que sepamos, dos hijos varones: Francisco de Ribera y Antonio de Ribera. Como tantos españoles, invirtió ciertas partidas en adquirir oficios públicos. Su juraduría fue heredada por Francisco. Antonio, su otro hijo, ejerció como escribano del Número lo que, en el Jaén de aquel tiempo, no estaba mal. Nicolás de Ribera es un buen exponente de las clases que bien podemos considerar burguesas, con todas las reservas que queramos tener en el uso de esta denominación tan imprecisa. Fue hombre devoto, como todos los de su tiempo. No faltaron rezos por su alma: los de los pobretes del Hospital de la Misericordia, que gobernó, y los de su cuatro hijas monjas que se llamaron Juana, Catalina, Melchora y María.
jueves, 28 de abril de 2016
LAS CARGA EL DIABLO (1641)
En 1641 compareció ante Diego García de Monreal, escribano del número de Jaén, el capitán Santiago García, natural de Espinosa de los Monteros "y dijo estar enfermo que de una desgracia de aberse disparado una pistola con tres balas por don Antonio Messía Toledo, vecino de la villa de Martos que era cabo de la compañía de a caballo de la nobleça deste Reino". Es posible que se trate de la compañía que, al mando de don Alonso Vélez Anaya y Mendoza, se disponía a marchar a Cataluña, donde la Monarquía combatía contra franceses y secesionistas. El maltrecho capitán García, con sus tres balazos, perdonó y eximió de cualquier responsabilidad al autor de las heridas. En muchos casos, en las escrituras de perdón se daban versiones de los hechos debidamente mixtificadas para facilitar una compensación económica a favor de la víctima o de los familiares de ésta. No parece éste el caso, dada la condición castrense y aristocrática de las dos partes, y habría que pensar que, en efecto, la causa de las heridas fue accidental. Otra cosa habría sido si la víctima hubiese sido de menos empaque social. Volveremos sobre estas cuestiones.
miércoles, 20 de abril de 2016
LAS CREDENCIALES DEL SANGRADOR (1730)
La asistencia sanitaria en la España del Antiguo Régimen era insuficiente y precaria. En la mayoría de los casos los españoles se ponían en manos de cirujanos, sangradores y barberos, cuando no de saludadores que santiguaban a los pobres pacientes. El cura de Cedeira en 1798, según recoge don Antonio Domínguez Ortiz, denunciaba que "se hallan por estas aldeas bárbaros sangradores, bárbaros y rústicos, que en vez de curar matan a cuanto pobre enfermo se pone en sus manos". No sé si era el caso de un individuo llamado Cristóbal Alejandro que, el 13 de mayo de 1730, presentó ante el Cabildo municipal de Jaén un título de sangrador . Al no existir fotografías en esos tiempos, el titular era identificado en el documento con algunos de sus rasgos: "es un hombre de mediana estatura con una zicatriz pequeña por cima y en medio de la zeja izquierda y otra en la primera coiuntura del dedo medio de la mano izquierda, parte de afuera." A diferencia de los médicos, los cirujanos, sangradores y boticarios no pasaban por las aulas universitarias aunque debían acreditarse y superar unos exámenes ante El Real Protomedicato y Protobarberato. En sus papeles, Cristóbal Alejandro afirmaba haber practicado "el arte de sangrador flobotoniano con maestros aprobados los quatro años que Su Magestad manda" y fue examinado "en la teoría de dicho arte cerca del conocimiento de las venas quantas quales son y en qué lugares se reporten y de los nombres de ellas y en el modo de sangrar, sajar, echar ventosas, sanguijuelas, sacar dientes y muelas". Ante las cuestiones que se le plantearon, hizo constar el escribano del Cabildo que las "respondió bien y cumplidamente".
miércoles, 13 de abril de 2016
FUGA DE UN CONDENADO A GALERAS (1718)
En 1718, entre finales de octubre e inicios de noviembre, estuvo en la cárcel real de Baños de la Encina, Reino de Jaén, Pedro de la Plaza, escribano y vecino de El Viso del Marqués. Explicó la causa a otro escribano:
"con el motibo [decía] de haver venido el susodicho en la asistencia de Francisco Vintel del Río, rematado a ocho años de galeras por la Justicia de la ziudad de Cuenca, por cuando en virtud de Real Provisión de Su Magestad y señores de la Real Chancillería de Granada, se remitía por tránsitos a la cárcel y caxa de la ciudad de Málaga".
El mencionado Vintel del Río, llegó a Baños con el correspondiente acompañamiento de guardas y, en cuanto tuvo ocasión se escapó y se acogió a sagrado en la parroquia de la villa. No era para menos. El panorama de pasar ocho años remando y encadenado-el infierno en vida- agudizaba la audacia y el ingenio. De Baños de la Encina a Málaga hay muchas leguas pero, si había que fugarse, cuanto antes mejor. Hasta que se aclaró todo, guardas y escribano, fueron a parar a los calabozos. Desconozco si el fugado consiguió librarse del remo y del banco.
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(Archivo Histórico Provincial de Jaén, leg. 6.182, fols. 465 y 469)
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