miércoles, 24 de diciembre de 2025

MANTOS POR LA NAVIDAD

 En 1588, el año de la Invencible, Juan Pérez de Aranda fundó en Jaén un patronato en la Santa Capilla de San Andrés. Dejó a la Institución un molino de aceite, unas tiendas y unas casas en la calle San Clemente y otras más cerca de la sacristía de la Iglesia Mayor. Con el remanente de lo que pudiesen rentar y una vez pagados los gastos inexcusables, se debían comprar tantos mantos como fuese posible para viudas, doncellas de hábito honesto y, desde 1632, parientas del fundador que cumpliesen tales condiciones. La tarea de seleccionar y escrutar a las opositoras o posibles beneficiarias correspondía a la Junta de Gobierno de la Santa Capilla que debía llevar adelante tal misión con discreción y “sin nota de escándalo”. Después se efectuaba el correspondiente sorteo -cada año en una parroquia distinta- del que estaban exentas las emparentadas con el fundador del patronato. Los mantos se otorgaban y distribuían entre san Andrés y Pascua de Navidad. El proceso de elección y sorteo, no exento de cierta complejidad, está descrito con todo detalle en el libro de los Estatutos de la Santa Capilla, editado en 1882, y al que remito al lector.

En el testamento de Pérez de Aranda se especificaba que los mantos fuesen de anascote que era un tejido de lana, asargado por ambos lados y parecido al de ciertos hábitos frailescos y con el que también se confeccionaban, aunque en menor medida, trajes, fardeles, jubones, sayas, sotanillas y ferreruelos. Según Marta Pérez Toral, en España se comenzó a utilizar este término, el de anascote, en el siglo XVI y se difundió en el XVII. Procedía, como el de tantos otros paños e hilaturas, de Flandes, en particular de la ciudad de Hondschoote. La vara de anascote de Flandes costaba en Jaén, en el primer tercio del seiscientos, siete reales aunque es probable que los mantos entregados por la Santa Capilla estuviesen confeccionados con paños de la tierra ya que en Jaén, Baeza, Torredelcampo, Torredonjimeno, Martos, Andújar, Mancha Real, Cambil o Huelma, se elaboraban buenos veinticuatrenos, dieciochenos y catorcenos pardos y frailescos. Además, también se vendían en la ciudad paños labrados en Ávila, Segovia, Soria, La Rioja, Albarracín, Córdoba, Toledo y en otros lugares. El precio de un manto variaba según la calidad y el corte pero, en la década de 1620 era de unos cincuenta reales o más. No era poca cosa si se compara con los jornales de tres o cuatro reales que eran corrientes en la época. 

Era asunto de capital importancia disponer de un buen manto para recorrer con decoro calles, plazas y cantones y, sobre todo, para ir a la iglesia como era debido, en especial en aquellos días de hielo y viento de los largos y terribles inviernos de los siglos XVI y XVII. Más todavía en un tiempo en el que todo era escaso y caro y muchas pobres vergonzantes se veían en serios apuros para ir vestidas de acuerdo con su calidad y honrado nacimiento. Siempre era una buena acción vestir a los desvalidos y el patronato que nos ocupa no es el único que, dentro de la Santa Capilla, daba fe de esto y cumplía con tal obligación. Bien nos lo recuerda la pintura conservada en la iglesia de San Andrés, en la que aparece san Martín a caballo y partiendo su capa con un mendigo muy maltrecho, derrotado y cubierto de harapos. Este imperativo justificaba la fundación de patronatos como el de Juan Pérez de Aranda y otros más de la Institución; también explica que en los testamentos se incluyesen mandas en las que se legaban prendas de vestir. Así fue la voluntad del jurado Luis Martínez de Quesada que, en 1618, mandó entregar un manto de anascote a una viuda llamada María de Ortega o, la disposición del veinticuatro Alonso de Valenzuela que, en 1632, donó otro a Teresa Gutiérrez además de sendas capas, ropillas y calzones de paño pardo a dos de sus criados o dependientes. 

(Ángel Aponte Marín, Siempre, Boletín de la Santa Capilla de San Andrés, Jaén, diciembre de 2022)


domingo, 14 de diciembre de 2025

DON JOSÉ ANTONIO TORAL

Nació el 22 de diciembre de 1761. Fue bautizado en la parroquia de San Mateo de Lucena, donde su padre, don Francisco Toral de Almarza, abogado ante los Reales Consejos, ejercía la vara de alcalde mayor. Como detalle muy del siglo XVIII, su padrino fue un teniente de Granaderos del Regimiento de Bujalance llamado don Antonio Polo y Valenzuela. Los Toral procedían de Úbeda. Lo sabemos gracias a los estudios de don Enrique Toral y Peñaranda, cofrade extranumerario de la Santa Capilla, y de don Ginés Torres Navarrete, a los que debemos estos datos biográficos y buena parte de los que siguen. Abrieron casa en Jaén en la primera mitad del siglo XVIII. Pertenecían a un medio social ya desaparecido, situado entre la vieja burguesía, formada por letrados y poseedores de oficios públicos, y la hidalguía. Algo no demasiado alejado de lo que los franceses llaman noblesse de robe. Los Toral constituyeron un linaje de hombres de leyes que mantuvo una sólida continuidad durante los siglos XVIII, XIX, XX y así, en su descendencia, hasta hoy. No debe extrañarnos, por tanto, que don José Antonio Toral estudiase Derecho en la Universidad de Granada y, una vez obtenido su título, aprobase los preceptivos exámenes en el Consejo de Castilla para ser recibido como abogado en los Reales Consejos. La abogacía era un camino que abría evidentes posibilidades de ascenso y promoción social. Don José Antonio Toral contrajo matrimonio el 25 de julio de 1792 con doña Juana Ramona Carrillo y Cobo de la Hoya, mujer de cuna hidalga, hija de don Diego Carrillo de Monroy, señor de Sancho Íñiguez. La ceremonia se ofició en la parroquia del Sagrario, en Jaén. Ingresó, junto a su hermano, don Francisco de Paula Toral, también abogado además de clérigo, en la Santa Capilla de San Andrés, institución en la que don José Antonio fue consiliario de elección desde noviembre de 1804 y diputado al año siguiente. Justo es recordar que don Francisco de Paula fue su gobernador entre 1817 y 1818.

Además de su profesión de abogado, José Antonio Toral fue procurador general y síndico del Concejo de Jaén. Eran oficios antiguos que habían sido revitalizados por la política reformista e ilustrada de Carlos III. Su cometido era velar por el bien de la ciudad y de sus vecinos. Conocemos, por un estudio de don José Antonio de Bonilla y Mir, un dictamen de su autoría relacionado con la concesión de las varas del Estado Noble de la Santa Hermandad. Zanjó una de esas polémicas que animaban la vida de nuestros antepasados en el Jaén del ya declinante Antiguo Régimen.

El 30 de julio de 1805, en su madurez, don José Antonio Toral fue nombrado abogado del Consejo. Había fallecido el anterior letrado, don Agustín Ximena, y se debía designar sucesor para tan relevante puesto. Se presentaron seis aspirantes entre los que se encontraban competidores anda desdeñables como don Juan Nepomuceno Lozano*. Presidía el Cabildo don Antonio María de Lomas, corregidor de Jaén al que mataron en confusas circunstancias, “a fusilazos” dijeron, en los primeros días de la Guerra de la Independencia. Don José Antonio Toral contó con el voto favorable de varios caballeros veinticuatro vinculados a la Santa Capilla o a la colación de San Andrés, como don Ramón de Torres Mondragón, don Gabriel de Ceballos, vizconde de Los Villares, don Agustin de Uribe y don Francisco de Torres Coello. Era escribano del Cabildo, don Bernardo Francisco de Charte.  También estuvo presente en la elección, aunque se abstuvo en la votación por su notorio parentesco, el veinticuatro don Alonso Carrillo. Es de justicia reconocer que no iba mal patrocinado don José Antonio.

Tenía entonces cuarenta y cuatro años y se desplegaba ante él un panorama prometedor: una carrera consolidada, un entronque con la hidalguía de Jaén, un más que saneado patrimonio y la distinción que suponía ser hermano de la Santa Capilla de San Andrés, además de pertenecer a su Junta de Gobierno. Pero nada es para siempre y todo es mudable como una pavesa al viento. De manera que, unos meses después, el ocho de marzo de 1806, tocaban a difuntos por don José Antonio. Murió en su casa de la calle Pilar de la Imprenta. Su viuda, la hija del señor de Sancho Íñiguez, le sobrevivió muchos años y vivió allí hasta su muerte en 1851, cuando el mundo ya había cambiado para siempre.

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Ángel Aponte Marín, Publicado en Siempre, Boletín de la Santa Capilla de San Andrés, 4, abril de 2021.




sábado, 29 de noviembre de 2025

DON ALONSO VÉLEZ ANAYA Y MENDOZA

 Nació en Castillo de Locubín en noviembre de 1588. Era hijo de don Alonso Vélez de Mendoza y de doña María de Aranda y Medrano. Por parte de padre y madre descendía de los que defendieron la Frontera y tomaron Granada. Uno de sus antepasados fue el capitán García Ramírez de Jaén, de memorables hechos. También procedía de los Aranda que, por las tierras de Alcalá la Real y Castillo de Locubín, mandaron, y aguantaron firmes, talas y cabalgadas. Don Alonso venía de un mundo de alcaides de castillos, de capitanes y adalides. Tengo por seguro que en su niñez le contaron mil historias de aquel tiempo de proezas dignas de ser recordadas en crónicas y romances. Esto no podía ser infrecuente en el Jaén de finales del siglo XVI.  Decían también que don Alonso venía, por alguna de sus líneas familiares, de nobles granadinos, de cuando los nazaríes reinaban en Granada. Estas raíces familiares fueron aireadas por sus enemigos, que los tuvo y muchos, cuando don Alonso debió someterse a las obligadas pruebas para vestir el hábito de Santiago y también para acceder a una de las diez familiaturas del Santo Oficio de Jaén. La genealogía siempre ha sido, antaño y hogaño, un campo minado. Conocedor de las maniobras de los que no lo querían, don Alonso Vélez advirtió a los inquisidores que algunos “con malos ánimos querrán oscurecer mi limpieza y buen nombre y las grandezas y calidades y hábitos de las órdenes militares y mercedes de los señores Reyes de Castilla de mis pasados y mayores sigún lo an publicado y de presente lo an executado". Nunca fue don Alonso hombre timorato, ni escondió la cabeza ante pleitos, querellas y desafíos. Uno de sus mayores enemigos fue don Juan de Pareja, un caballero de arranques violentos y terribles. Eran tiempos en los que los agravios pasaban de padres o hijos y los años, lejos de atenuarlos, los enconaba todavía más.

Don Alonso Vélez fue caballero veinticuatro de Jaén desde 1616. No fue el primero de los suyos que se sentó en los bancos del Cabildo municipal. Perpetuó su veinticuatría en 1617  tras pagar a la Corona 170.000 maravedíes. Eran años en los que las arcas reales estaban a dos velas y la Real Hacienda, sin muchos mohines, vendía lugares, enajenaba oficios y, como en este caso, los perpetuaba, previo pago, para que sus propietarios pudiesen transmitirlos, venderlos, arrendarlos o incluirlos en sus mayorazgos sin las limitaciones y plazos habituales. Una veinticuatría de Jaén siempre daba  lustre y, además, permitía  la posibilidad de ser procurador de Cortes con todo lo que eso suponía en los reinados de Felipe III y Felipe IV. Pero don Alonso no fue un veinticuatro más, no había ingresado en el Cabildo municipal de Jaén para medrar o figurar sino para servir al Rey y a la Ciudad. Nacido en el año de la malograda empresa de Inglaterra, vivió en unas décadas decisivas y dolorosas para cualquier español de su generación, la que fue testigo de la declinación, todavía no irreversible, de la gran Monarquía Católica. En las sesiones de Cabildo demostró siempre su independencia y una actitud muy crítica hacia la política del Conde Duque, rechazó cualquier limitación a las franquicias y privilegios de la Ciudad y se opuso a las crecientes exacciones fiscales. Su honrosa conducta no favoreció sus intereses personales y quizás impidió lo que, debido a su valía, pudo haber sido una buena carrera al servicio de la Monarquía. En 1635 acudió al llamamiento que el Rey hizo a los hidalgos de Jaén para las guerras con Francia. En 1640 estuvo en la Corte y, en ese año, fue nombrado capitán de Corazas de la Nobleza de Jaén. De su experiencia militar en las guerras de Cataluña y Portugal, si al final la tuvo, nada sabemos. 

Don Alonso Vélez Anaya y Mendoza era devoto de Nuestra Señora y gobernó la Santa Capilla de San Andrés en 1645. En  la fachada de sus casas principales, junto a la Catedral, hay dos escudos. En uno de éstos se proclama: Ave María Gracia Plena. Fue buen caballero don Alonso y bien merece nuestro recuerdo.

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(Angel Aponte Marín, en Siempre, Boletín de la Santa Capilla de San Andrés, Jaén, febrero de 2022)


martes, 4 de noviembre de 2025

PUESTOS DE VINO (1700)

El Cabildo municipal de Jaén contaba con muchas atribuciones para regular el comercio local. Entre éstas, estaba la facultad de conceder las correspondientes licencias para instalar puestos y tablajes para la venta de vino, pescado, verduras y demás productos. Los de vino debían estar separados por una distancia mínima de cien pasos. Era una medida destinada a evitar trifulcas entre vendedores y, de paso, la concentración de demasiados bebedores en espacios reducidos. Esta norma no siempre se respetaba. Así, en 1700, María de Salazar arrendó un puesto de vino añejo al Ayuntamiento, "en el Mercado y esquina de la Fontanilla. era un buen lugar por el que pagó 18 ducados anuales, una notable inversión para una economía modesta. Los buenos auspicios del negocio se ensombrecieron cuando María descubrió que otro expendedor de vinos, Juan Rentero, instaló con absoluta desenvoltura su puesto a tres pasos del suyo "ocasionándole por este medio mucho perjuicio y pérdida". No dudó en denunciar este hecho ante el Cabildo municipal. 


miércoles, 29 de octubre de 2025

DON JUAN DE QUESADA MONROY

 Don Juan de Quesada y Monroy fue cofrade de la Santa Capilla y vivió en los tiempos del Quijote y de Velázquez. Era hijo de Benito de Quesada, veinticuatro de Jaén, y de doña Antonia de Monroy. Don Juan fue también caballero veinticuatro y en 1615 perpetuó su oficio. Contó siempre con gran prestigio en la ciudad y demostró, en las ocasiones que se ofrecieron, una gran diligencia en el ejercicio de sus tareas.

Tuvo la buena fortuna de asistir a las Cortes convocadas en 1598, al comenzar el reinado de Felipe III, junto a su pariente don Cristóbal de Biedma Monroy. Los dos procuradores por Jaén presentaron al Rey un memorial muy detallado que recogía buena parte de los problemas y aspiraciones de la Ciudad. Los inicios de los reinados se vivían como el comienzo de un tiempo nuevo y siempre se solían proponer cambios y reformas que al final quedaban en nada o en muy poco. Era la época de los arbitristas, de los ingenios siempre dispuestos a aliviar los males del Reino con los más variados remedios. Los servicios de don Juan de Quesada y Monroy como procurador de Cortes le aportaron -además de los habituales gajes, ayudas de costa y mercedes- experiencia y autoridad en el seno del Cabildo municipal. También, por supuesto, el honor que la cercanía del Rey siempre deparaba. Así, en 1601, entre otros ceremoniales, formó parte de la comisión, enviada por Jaén, para dar la enhorabuena al Rey por el nacimiento de Doña Ana de Austria que sería, pasados los años, reina de Francia y madre de Luis XIV. En nuestra ciudad se organizaron grandes regocijos para festejar tan gran suceso aunque hubo que aplazarlos por el mal tiempo y por lo avanzado del otoño.

No era lego en cuestiones castrenses y esta querencia le venía de familia  pues los Quesada habían sido, de siempre, buenos soldados. Ya se sabe: “en diciendo Quesada soldado es decir valentísimo”. Así lo recogió Ximénez Patón al escribir sobre el gran don Bernardino de Quesada. Don Juan de Quesada y Monroy fue capitán de infantería y en 1597 se puso al frente de una compañía, formada por doscientos soldados de Jaén, para rechazar un posible ataque inglés contra Sevilla o Cádiz. El veinticuatro Antonio de Leyva, que lo acompañó, se puso al frente de la caballería. Otra prueba de sus conocimientos militares es el proyecto que presentó a las Cortes para reformar y revitalizar la caballería de cuantía, herencia de los tiempos de la frontera. Desde 1601 fue alcaide de las fortalezas de Cambil y Alhabar, que restauró y donde además mandó labrar una capilla y dotarla debidamente. Consiguió, por sus desvelos en la Corte, que dicha alcaidía fuese siempre ejercida, de manera directa o mediante un teniente, por un caballero veinticuatro de Jaén y, de esta manera, evitar su venta a algún particular en un tiempo en el que se hacía almoneda con todo tipo de cargos, jurisdicciones y oficios públicos. También se opuso a que dicha alcaidía fuese desempeñada por los jurados que, en  aquellos años,  pretendían obtener más y mayores preeminencias en el gobierno de la Ciudad. Don Juan de Quesada y Monroy fue, asimismo, corregidor de Mata Bejid donde había una fortificación y un calabozo, supongo que bastante lóbrego, para poner a buen recaudo a los que talaban, roturaban o carboneaban en la dehesa sin las pertinentes licencias. Menos afortunado fue su paso por la judicatura de millones, en 1612, junto a don Pedro de Gámiz Saavedra, con el que estaba emparentado. Los dos, por embrollos contables y ciertas diferencias con el Consejo de Hacienda, fueron encarcelados aunque por poco tiempo. En aquellos años no era difícil acabar en la Cárcel Real o bajo arresto domiciliario cuando las cuentas y arqueos no cuadraban o los corregidores perdían la paciencia. Nuestro hermano, el caballero don Juan de Quesada y Monroy, murió octogenario en el infeliz año de 1640. Lo enterraron en San Ildefonso.

(Ángel Aponte Marín, Siempre, Boletín de la Santa Capilla de San Andrés, Jaén, mayo de 2022)


jueves, 23 de octubre de 2025

VENTA DE AGUARDIENTE (1749)

El aguardiente era un producto de consumo general. En Jaén, a mediados del siglo XVIII, había al menos diez puestos en los que se despachaba tal bebida, la mitad de éstos regentados por mujeres. Eran los siguientes:

Calle de la Custodia, a cargo de María de Castro.

Caños de San Pedro: a cargo de Leonor de Vico.

Puentezuela: a cargo de Francisco de Cárdenas.

Los Morales: a cargo de Francisco Callejón.

Pastelerías: a cargo de Francisco de Archillas.

Junto a la Ermita de San Antonio de Padua: a cargo de Elena de Archillas.

Callejuela del Baño: a cargo de doña Ana Ladrón.

Espartería: a cargo de María Antonia González.

Plaza del Mercado: en la que despachaba Juan Palacios.

Fontanilla: a cargo de Luisa Colorado.

Por la concesión de las correspondientes licencias para vender "aguardiente y demás licores" estos vecinos pagaban al Concejo 5.918 reales. El aguardiente estaba, además, sujeto a determinados impuestos que estaban arrendados a don Francisco de Llamas, don Fernando Téllez, Francisco Caballo y, como fiador, don Francisco de Andújar.  Junto a los citados puestos había un número indeterminado de cosecheros eclesiásticos, tanto seculares como regulares, que vendían aguardiente en sus casas.

sábado, 30 de agosto de 2025

TABACO DEL BRASIL (1765)

El contrabando de tabaco estuvo muy extendido en Andalucía durante los siglos XVIII y XIX, en perjuicio de las arcas reales y de los estanqueros que, todo sea dicho, también lo ejercían si había ocasión. Un caso fue el del veguero Diego de Mesa, procesado en 1765 "por la introduzión fraudulenta de quinze libras de tabaco del Brasil en el término de la villa de Villardompardo por dos hombres que hicieron fuga, forasteros que no pudieron ser aprehendidos".

MANTOS POR LA NAVIDAD

  En 1588, el año de la Invencible, Juan Pérez de Aranda fundó en Jaén un patronato en la Santa Capilla de San Andrés. Dejó a la Institución...