DON FERNANDO CASTRILLO DE MENDOZA
Fue caballero veinticuatro de Jaén. Hizo la guerra de Granada, la del levantamiento de los moriscos, y allí estuvo, entre penalidades y despeñaderos, con dos lanzas y cuatro arcabuceros a su costa. No recibió recompensa, ni merced alguna. Después, como veinticuatro, ejerció su oficio con seriedad y celo. Así, en 1590, antes de una votación, pidió consejo a “personas de ciencia y conciencia de lo que más conviene hacer al servicio de Dios Nuestro Señor, de Su Majestad, y bien desta república”, pues no eran asuntos menores los que se trataban en el Cabildo municipal de una ciudad con voto en Cortes. Formó parte de una liga de caballeros veinticuatro, encabezada por Luis de Escobar, un hidalgo de muchos años y autoridad en Jaén, que defendía con resolución y libertad el bien de la Ciudad y de la Monarquía. Dentro del gobierno del Concejo, don Fernando Castrillo de Mendoza participó en distintas comisiones. En 1606 se le encomendó, junto a don Ambrosio Suárez del Águila, también cofrade de la Santa Capilla, la reorganización y alistamiento de los caballeros de cuantía, una tarea muy difícil, impopular, fuente segura de enemistades y pesadumbres. Nadie quería figurar en esta caballería de buenos hombres llanos, una pesadilla para los que se tenían por hidalgos y, por no contar con ejecutorias o no constar como tales en los padrones, eran convocados a los alardes en perjuicio de su nobleza. También en ese mal año de 1606, en que faltó el pan, don Fernando fue hacedor de Rentas Reales y expuso ante el Cabildo, con claridad y a palo seco, los malos tragos padecidos por los pobres del Hospital de la Misericordia. En 1604, año también de grandes hambres, fue nombrado gobernador de la Santa Capilla.
Los Castrillo no fueron afortunados en asunto de sinecuras. Pasaron más de sesenta años y otro don Fernando Castrillo de Mendoza, probablemente nieto del gobernador de la Santa Capilla, solicitó al Rey, como premio a los servicios de su padre y abuelo, “le honre en las Indias con uno de los gobiernos siguientes: de Guanchabélica, de la provincia de Chiquito, de Tucumal, Cartagena de Indias, Caxamarca la Grande, el Potosí en el Perú, corriximiento de el Cuzco, el de Arequipa, el de Aricha, el de Cochabamba”. Consideraba que “con cualquiera de estos gobiernos que Vuestra Magestad le haga merced se dará por muy premiado y espera de Vuestra Magestad recibirla”. Singular privilegio era éste, el de marchar a la aventura, camino de esas plazas remotas de nuestro Imperio, y allí bregar con la nostalgia, la distancia y mil riesgos. Desconozco lo que vino después.
Ángel Aponte Marín
(Publicado en Siempre, Santa Capilla de San Andrés, número 19, enero de 2024)
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