viernes, 26 de agosto de 2016

EL HIDALGO Y LA RELIQUIA (1626)


En agosto de 1626, don Fernando de Biedma solicitó al Cabildo municipal de Jaén "se sirva de honrarme mandándome poner en las listas de los hijosdalgo sin dar lugar a gastos". Don Fernando decía ser, y creo que con razón, de linaje noble pero, probablemente, carecía de pruebas documentales que acreditasen este hecho. Esto suponía que, aunque en la opinión general fuese conceptuado como hidalgo, en determinadas circunstancias, podía ser obligado a satisfacer enojosas cargas y obligaciones propias de los pecheros o no ser admitido en el ejercicio de oficios reservados a los hidalgos. Estas comprometidas situaciones eran frecuentes y muchos hidalgos, o vecinos que se tenían como tales, para evitar males mayores tenían que iniciar un pleito para demostrar su origen. Un asunto, a fin de cuentas, difícil, ingrato y costoso que, además, dejaba una sombra de sospecha sobre el litigante y todo su linaje. Don Fernando, con razón, pensó que más fácil era que el Concejo lo incluyese, por las buenas, en el correspondiente padrón de hidalgos que en aquellos años, por lo demás, no estaba actualizado ni en orden. Entre los regidores, además, nunca faltaban Biedmas que confirmarían la ascendencia de don Fernando. Para reforzar su posición, el peticionario no dudó en recordar al Cabildo que su incorporación formal a tan nobiliaria nómina "ayudará grandemente la gloriosa memoria del señor Obispo don Nycolás de Biedma que trajo la Santa Verónica de Jaén y dexó casa y solar". Era algo -pensaba- que Jaén le debía al prelado y, por extensión, a sus descendientes. Se remontaba al último cuarto del siglo XIV. No debe extrañarnos pues los de esos tiempos hablaban de cosas de hacía doscientos años como si hubiesen pasado ayer. Esto es algo que sigue ocurriendo en los aficionados a genealogías y a frecuentar archivos. De esto también doy fe. Los caballeros veinticuatro le comunicaron solicitante que consultarían con los letrados y que después decidirían.

jueves, 18 de agosto de 2016

ALAMEDA DE CAPUCHINOS (1707)

La Alameda de Capuchinos era un lugar de paseo y esparcimiento, un espacio ameno y despejado en la entonces muy poblada ciudad de Jaén. Allí se ubicaba, y allí sigue, el convento de las Bernardas, erigido por el obispo de Troya don Melchor de Soria y Vera, varón de grandes méritos y de muy influyente familia durante el XVII giennense. Si bien el Concejo, a lo largo de los años, mostró su preocupación por conservar el arbolado de este paraje y embellecerlo en lo posible, sus esfuerzos fueron insuficientes o baldíos. A inicios del XVIII el estado de este parque en ciernes era, al parecer, deplorable. En agosto de 1707 el Cabildo municipal de Jaén reconocía que la Alameda "se allava casi perdida de arboles y demas generos que se havian puesto en ella para adorno y recreazion de sus vezinos". Decidió entonces nombrar a un guarda cuya obligación sería: "plantar los árboles que necesitare dicha alameda, para llenar los claros y de los que pusiere tenerlos cercados de forma que no se lo coman los ganados".

jueves, 11 de agosto de 2016

INMUNDICIAS Y CARROÑAS (1795)

Durante el verano de 1795 los caballeros veinticuatro trataron, al menos en dos ocasiones, el grave problema que suponían las inmundicias y los animales muertos que se amontonaban en un callejón de la ciudad. Las numerosas casas arruinadas en los barrios más altos y en los arrabales servían como vertederos para el vecindario. El olor a podredumbre, las ratas y el temor a las infecciones marcaban el tono de la estación. Nada se hizo o se pudo hacer al respecto, o fueron ineficaces las medidas, pues en octubre del mismo año se denunciaba ante el Ayuntamiento la presencia de piaras de cerdos que campaban por sus respetos por la vía pública. No describiremos los detritus y miserias de otra naturaleza. Por la Navidad, se volvía a insistir en las basuras que se acumulaban en determinados puntos de la ciudad. Era un achaque antiguo pues he podido constatar quejas similares en distintos momentos del siglo XVII. Es cierto que la mentalidad ilustrada hizo mucho para que tanto las ciudades como las personas fuesen más pulcras pero no era cosa fácil cambiar ciertos hábitos.

viernes, 5 de agosto de 2016

MESONEROS Y SOLDADOS (1703)



Los alojamientos de compañías representaban un insufrible engorro para los concejos. Los soldados no eran bienvenidos, no sólo por el gasto que suponían en cosas de comer, beber y arder, sino también por los ruidos, altercados y pendencias, inevitablemente aparejados a tanta gente moza, despreocupada y desenvuelta. Si la estancia se prolongaba más de la cuenta, los regidores se las tenían que ver con una papeleta de dificultosa resolución. El pueblo llano era el que más padecía las consecuencias de los alojamientos ya que la nobleza y los clérigos estaban exentos de estas cargas. A pesar de todo, en Jaén, al menos desde el siglo XVII, el Cabildo municipal optó por relevar a los vecinos de esta obligación, no sólo por evitarles molestias sino para no dar lugar a motines y violencias. De esta manera, el Concejo alquilaba una o más casas para alojar a las compañías o recurría a los mesoneros para que acomodasen, mal que bien, a oficiales y tropa. En febrero de 1703, ya iniciada la Guerra de Sucesión, se reclutaba una compañía en Jaén, y se optó por alojar la bandera en los mesones de la ciudad. Los mesoneros No podían estar conformes con esta costumbre pues -como bien dijeron Manuel de Córdoba y Antonio de la Cruz en nombre de éstos- "se les seguía gran perjuizio a sí, a los susodichos como a los huéspedes forasteros". Naturalmente nadie, a inicios del siglo XVIII y en su sano juicio, se hospedaba en un mesón repleto de soldados. Hágase cargo el lector del panorama y de las malas noches que se tenían que padecer en tales circunstancias. Los mesoneros propusieron, entonces, alquilar una casa y pagar a escote su arrendamiento, a lo que el Concejo no opuso objeción alguna.

viernes, 29 de julio de 2016

ESPADAS EN BAILÉN (1676-1685)

La posesión de armas en la sociedad española del siglo XVII estaba muy extendida. Varias razones motivaban este hecho. En primer lugar la difusión y aceptación de ciertos valores que asociaban la costumbre de portar espada con la condición hidalga, al margen del origen estamental de cada uno. Asimismo debemos tener en cuenta la inseguridad existente en calles y despoblados. La regulación de la posesión de armas era poco precisa, dispersa y tolerante. La ausencia de una fuerza policial organizada y efectiva completaba estas carencias inevitables y muy propias del Antiguo Régimen. Citaré, como ejemplo,  algunos datos del reinado de Carlos II, obtenidos de distintos escribanos de Bailén, en el Reino de Jaén. Proceden de inventarios y escrituras de capital.

Comenzaré por Alonso de Aguilar Recena que tenía, en 1676, un aderezo de espada y daga. Martín Cobo Durillo, en el mismo año, era poseedor de "una espada y un tahalí".  En 1677, Francisco Gámez Soriano declaró ser propietario de una espada y daga. Los honrados artesanos, como el odrero Bernabé Quesada, ceñían espada en 1682. En ese año, Juan Bernardo de la Fuente contaba con una espada y, además, con un coleto, prenda muy útil como protección, propia de soldados, cazadores y lidiadores; por su parte, Andrés de Aguilar inventarió "un adereço de espada y daga". En 1683, Melchor de Aguilar contaba entre sus bienes con otro equipo similar. Son dignos de mencionarse "un puñal de la zinta con un cuchillo pequeño", una espada y un sombrero, de Cristóbal de Godoy, según escritura de 1683. En ese año registró su espada Melchor de Muela. En 1684, Francisco de Aguilar decía tener una escopeta y una espada. Un caso especial es el de Francisco de Rus, también de 1684, que, quizás debido a su condición de alcalde ordinario, estaba muy bien pertrechado con una daga, una escopeta, un arcabuz y un mosquete. Sierra Morena estaba muy cerca y, en aquel tiempo, no era lugar para bromas.

Las espadas que he citado estaban valoradas entre los 19 y los 30 reales. Desconozco su calidad y procedencia. Quizás no eran las más adecuadas para la guerra o para espadachines reputados. Tampoco eran baratas si se tiene en cuenta el coste de un jornal de la época. El mosquete del alcalde ordinario, antes citado, valía 88 reales. Como tendremos ocasión de demostrar, estas armas no se llevaban de adorno.

lunes, 25 de julio de 2016

NIEVE EN VERANO (1730)

La nieve era abasto obligado y de primera necesidad. La afición a enfriar las bebidas era muy del gusto de los españoles. Este hábito originaba apasionadas controversias médicas. El Concejo de Jaén mostraba un indiscutible desvelo para que la nieve no faltase en alhóndigas, casas particulares y botillerías, por lo que controlaba su precio y comercialización. Se consideraba una mercancía de primera necesidad y de universal consumo. El 24 de julio de 1730, el Cabildo municipal consideró la oferta de Francisco Muñoz, vecino de Jaén, que se comprometía a suministrar nieve a los vecinos entre inicios de mayo y el cuatro de octubre. El precio sería de cuatro maravedíes por libra hasta finales de julio y de seis desde esa fecha al final de la temporada, ya entrado el otoño. El aumento de precio venía motivado por la disminución de las reservas de nieve a medida que arreciaban los colares. Muñoz tenía la fineza de rebajar el precio de la nieve al estado eclesiástico de seis a cinco maravedíes. Bueno, no era sólo fineza sino también obligación, dadas las franquicias y exenciones del clero. Al Cabildo, con todo, le parecían altos los precios y no se decidía por autorizar dicho asiento. La nieve era transportada a lomos de caballerías desde los pozos y neverales que había en Sierra Mágina y otras alturas giennenses.

miércoles, 20 de julio de 2016

DESACATO (1623)

La política municipal era fuente de muchos conflictos y tensiones. No había partidos políticos, faltaba mucho para su existencia, pero sí había bandos y facciones. La relación de los caballeros veinticuatro con los corregidores no era siempre buena. Fue, en particular, muy mala con don Hernando de Acuña Enriquez, un corregidor de cuidado. Una muestra de tales desencuentros es la que refiero a continuación. En junio de 1623 el veinticuatro don Cristóbal de Berrio y Salazar estaba encausado por romper, ante el escribano Antonio Navarro, un mandamiento del corregidor de Jaen. Éste, naturalmente,  procedió contra don Cristóbal y, además, contra don Lorenzo Lopez de Mendoza, también veinticuatro y hábito de Calatrava "y otros consortes". Negaba don Lorenzo su relación con el incidente descrito. Llegó el asunto hasta la Real Chancillería de Granada. Entre las posibles causas del suceso puede estar la resistencia del Cabildo municipal a autorizar las nuevas concesiones del servicio de millones, postura compartida por otros cabildos municipales andaluces con voto en Cortes.

miércoles, 13 de julio de 2016

LABRIEGOS AIRADOS EN LAS INFANTAS (1631)

En repetidas ocasiones he afirmado que el campo no era siempre ese remanso de paz que nos han contado. Pleitos por linderos, disputas por el agua, daños producidos por ganados, servidumbres de paso y otros motivos, eran fuente de desasosiegos y pesadumbres. En 1631, ante el escribano del Número Diego Blanca de la Cueva, compareció el labrador Bartolomé Colmenero. Dijo que se había querellado de Francisco Sanmartín Villar "en razón de aberle herido en la cabeza estando en el cortixo de las Ynfantas". No indica la víctima si sufrió estacazo, pedrada o golpe de azada. Colmenero decidió perdonar al agresor aunque dejando claro que " no lo hago por temor de que me faltare entero cumplimiento de justicia sino por servicio de Dios Nuestro Señor".

domingo, 10 de julio de 2016

TABERNERA PERSEGUIDA (1623).

La reglamentación y el intervencionismo municipal podían ser muy severos. No era prudente tomarlos a la ligera. Bien lo supo María de Narváez, perseguida "en razón y diciendo aber muerto un marrano y dar de comer en su casa siendo como es taberna donde se vende vino." Así eran las cosas. Para comer estaban los figones y los puestos callejeros, no las tabernas. Los desvelos que María Narváez puso en la compra y crianza del cerdo -su ruidoso sacrificio, la elaboración de longanizas y otras golosinas, sus perspectivas de beneficio- quedaron en nada ante la implacabilidad de las ordenanzas concejiles. ¿Qué mal había en servir un platillo junto a un azumbre de vino?. Sospecho que si la tabernera hubiese sabido argumentar por escrito sus convicciones, se habría adelantado siglo y medio a Adam Smith.

domingo, 3 de julio de 2016

LA MUERTE DE UN CERRAJERO (1624)

Don Cristóbal Cerón y Armíndez estaba en la Cárcel Real de Jaén en 1624. Tenía diecisiete años y era hijo de don Pedro Cerón. Era de una familia hidalga de la que formaron parte caballeros de hábito y regidores. El encarcelado había matado a un cerrajero llamado Matías González a causa de una herida en la cabeza. La viuda, Melchora de los Reyes, perdonó al acusado a cambio de 300 ducados. Como veremos en distintos casos, era ésta una práctica frecuente, tanto para delitos graves como para otros de menor fuste.  El caso que cito pasó ante el escribano Marcos de Ortega.

martes, 31 de mayo de 2016

LOS ESCRIBANOS Y EL VISITADOR (1644)

Una de las peores noticias que podía recibir un escribano del siglo XVII era la inminencia de la llegada de un visitador. Los escribanos, siempre sospechosos de toda clase de irregularidades, trapisondas y demás triquiñuelas temían estas inspecciones y hacían lo posible para aplazarlas bajo los más variados pretextos. Si había que pagar un donativo a la Real Hacienda se pagaba y el visitador podía quedarse en su despacho para mejor ocasión. Hubo concejos que, a iniciativa de los escribanos, compraron a la Corona el privilegio de no ser sometidos a visitas. Este hecho, según Campomanes, llevó a que muchos escribanos, al considerarse libres de cualquier fiscalización, cometiesen todo tipo de abusos, en especial los excesos en la cobranza de derechos y los cohechos. La Corona se vio obligada, con todo dolor, a devolver el dinero recibido y a dejar sin efecto tales exenciones. Los escribanos de Jaén que, en alguna que otra ocasión, eludieron estos controles, fueron visitados por el licenciado Ayala Manrique entre 1643 y1644. Antaño, según el ya citado Campomanes, estas pesquisas hacían temblar a los inspeccionados pero a mediados del XVII las cosas parece que se habían templado algo. Así, el Cabildo municipal de Jaén, del que dependían las escribanías del Número, quedó gratamente impresionado por diligencia -o la manga ancha- del visitador. En febrero de 1644, alabó "la aprovazión, rectitud y buen exemplo con que a prozedido [...] administrando justicia a las partes, visitando los rexistros y papeles de dichos escribanos y los de su jurisdicción y villas eximidas con tanto desvelo y cuidado que es fama pública, así de los caballeros y gente noble como de los religiosos y personas particulares, que es ministro tan cristiano y tan atento de quien se Su Magestad puede fiar negocios maiores de su real servicio". Ir por todas las escribanías de Jaén y de no pocos pueblos, tratando con profesionales de tan probada astucia no era tarea ligera aunque, a veces, el visitador podía convocar a los escribanos para que le llevasen, al lugar que él dispusiese, sus libros y legajos. No bastando los elogios mencionados, el Cabildo decidió escribir cartas a su favor y enviarlas "donde proceda" y, por supuesto, al Consejo de Castilla.

jueves, 26 de mayo de 2016

A VUELTAS CON EL VELLÓN (1628)

He publicado en Retablo de la Vida Antigua dos entradas sobre la política monetaria de Felipe IV y,  en particular, sobre la bajada del vellón en 1628. Fue una medida deflacionaria muy controvertida que provocó desconfianza y estupor en todos los estamentos. Imaginemos que, de la noche a la mañana, resellasen los billetes de cada uno, pocos o muchos, y pasesen a contar con la mitad de su valor nominal. El desasosiego sería general por mucho que nos explicasen las bondades de la medida. Antes de ser puesta en vigor de esta decisión, la Corona consultó su parecer a las ciudades con voto en Cortes y a otros cabildos municipales de especial relevancia. En el de Jaén hubo debates muy sensatos y apasionados sobre el asunto. En la referida entrada doy cuenta de las intervenciones de Alonso de Valenzuela, don Pedro de Biedma, don Jorge de Contreras Torres y don Íñigo de Córdoba y Mendoza. Invito al lector de Historia Giennense a que, si así lo considera, lea las graves consideraciones de los citados caballeros veinticuatro.


miércoles, 18 de mayo de 2016

NICOLÁS DE RIBERA

Nicolás de Ribera fue un jurado de Jaén. No era hombre de gran linaje ni creo que le interesase demasiado darle vueltas a papeles y genealogías. Casó con doña Francisca de Córdoba. Vivió en la colación de San Juan. Sus rentas las obtenía de unas casas y tiendas que arrendaba en la calle Maestra Baja. También despachaba sus granjerías y préstamos. En su testamento dejó escrito: "ytem declaramos que nos deben muchas partidas de maravedíes por muchas personas". Tenía, eso sí, unos censos por los que debía pagar los correspondientes réditos al conde de Villardompardo y a don Miguel de Mendoza, vecino de Andújar. Tuvo, que sepamos, dos hijos varones: Francisco de Ribera y Antonio de Ribera. Como tantos españoles, invirtió ciertas partidas en adquirir oficios públicos. Su juraduría fue heredada por Francisco. Antonio, su otro hijo, ejerció como escribano del Número lo que, en el Jaén de aquel tiempo, no estaba mal. Nicolás de Ribera es un buen exponente de las clases que bien podemos considerar burguesas, con todas las reservas que queramos tener en el uso de esta denominación tan imprecisa. Fue hombre devoto, como todos los de su tiempo. No faltaron rezos por su alma: los de los pobretes del Hospital de la Misericordia, que gobernó, y los de su cuatro hijas monjas que se llamaron Juana, Catalina, Melchora y María.

jueves, 28 de abril de 2016

LAS CARGA EL DIABLO (1641)


En 1641 compareció ante Diego García de Monreal, escribano del número de Jaén, el capitán Santiago García, natural de Espinosa de los Monteros "y dijo estar enfermo que de una desgracia de aberse disparado una pistola con tres balas por don Antonio Messía Toledo, vecino de la villa de Martos que era cabo de la compañía de a caballo de la nobleça deste Reino". Es posible que se trate de la compañía que, al mando de don Alonso Vélez Anaya y Mendoza, se disponía a marchar a Cataluña, donde la Monarquía combatía contra franceses y secesionistas. El maltrecho capitán García, con sus tres balazos, perdonó y eximió de cualquier responsabilidad al autor de las heridas. En muchos casos, en las escrituras de perdón se daban versiones de los hechos debidamente mixtificadas para facilitar una compensación económica a favor de la víctima o de los familiares de ésta. No parece éste el caso, dada la condición castrense y aristocrática de las dos partes, y habría que pensar que, en efecto, la causa de las heridas fue accidental. Otra cosa habría sido si la víctima hubiese sido de menos empaque social. Volveremos sobre estas cuestiones.

miércoles, 20 de abril de 2016

LAS CREDENCIALES DEL SANGRADOR (1730)

La asistencia sanitaria en la España del Antiguo Régimen era insuficiente y precaria. En la mayoría de los casos los españoles se ponían en manos de cirujanos, sangradores y barberos, cuando no de saludadores que santiguaban a los pobres pacientes. El cura de Cedeira en 1798, según recoge don Antonio Domínguez Ortiz, denunciaba que "se hallan por estas aldeas bárbaros sangradores, bárbaros y rústicos, que en vez de curar matan a cuanto pobre enfermo se pone en sus manos". No sé si era el caso de un individuo llamado Cristóbal Alejandro que, el 13 de mayo de 1730, presentó ante el Cabildo municipal de Jaén un título de sangrador . Al no existir fotografías en esos tiempos, el titular era identificado en el documento con algunos de sus rasgos: "es un hombre de mediana estatura con una zicatriz pequeña por cima y en medio de la zeja izquierda y otra en la primera coiuntura del dedo medio de la mano izquierda, parte de afuera." A diferencia de los médicos, los cirujanos, sangradores y boticarios no pasaban por las aulas universitarias aunque debían acreditarse y superar unos exámenes ante El Real Protomedicato y Protobarberato. En sus papeles, Cristóbal Alejandro afirmaba haber practicado "el arte de sangrador flobotoniano con maestros aprobados los quatro años que Su Magestad manda" y fue examinado "en la teoría de dicho arte cerca del conocimiento de las venas quantas quales son y en qué lugares se reporten y de los nombres de ellas y en el modo de sangrar, sajar, echar ventosas, sanguijuelas, sacar dientes y muelas". Ante las cuestiones que se le plantearon, hizo constar el escribano del Cabildo que las "respondió bien y cumplidamente".